De reinas a ratas

“¿Te sentiste maltratada? Fuimos felices en nuestro palacio

Sheila Mª Martínez Tahoces
Centro de Salud La Condesa. Gerencia de Atención Primaria de León. León

La pandemia nos ha marcados a todos los sanitarios de un modo u otro, todos hemos sentido miedo y hemos llorado, todos podemos contar alguna historia desgarradora de esas que te anuda la garganta y te retuerce el alma, pero este relato no va de esto. Mi historia cuenta como otras compañeras y yo hemos pasado de ser ángeles en el cielo, a que nos desprecien y nos bajen al mismo infierno, en definitiva, como pasamos de “reinas a ratas”.

Nos encontramos en diciembre del 2020, ya estamos por la segunda ola del Covid. En este momento convivían con nosotros distintas variantes del virus, la población estaba concienciada de la importancia de lavarse las manos, a todos nos asustaba toser en público a riesgo de parecer unos apestados, teníamos una colección de mascarillas en casa y un máster en desinfección. Y por fin, después de casi un año de miedos, llega la ansiada respuesta a las plegarias, volver a la normalidad parecía más real, llegan las vacunas. Aquí comienza mi historia, bueno mi historia y la de otras compañeras que formamos el equipo de vacunación en mi ciudad. Nuestro trabajo a simple vista no tenía mucha complejidad, cargar, pinchar y registrar, todo bajo la hoja de ruta marcada por el Ministerio de Sanidad.

Primera parada, las residencias de ancianos, llegamos como auténticas reinas, y sí, digo reinas porque en aquel momento para muchas personas éramos reinas magas que llegaban en navidad, portando ilusiones y mucha esperanza a las personas más vulnerables y sus familiares, cargando enormes neveras portátiles a lomos de taxis blancos. Inmunizamos en todas las residencias de ancianos y a personas dependientes en sus casas.

La estrategia de vacunación evoluciona por lo que se necesitan espacios más amplios para poder abarcar más gente. La elección del lugar no podía ser otra: el Palacio de Congresos, ya que toda reina que se precie tiene que tener un palacio. En este momento todavía no éramos conscientes de lo que se nos venía encima. Los medios de comunicación y redes sociales ya habían hecho a todo el mundo expertos en vacunas, ya teníamos unas “buenas” y otras “malas”. Los deseos por conseguir la llave de la libertad crecían y la gente ya sabía dónde estábamos ubicadas.

En marzo de 2022 comenzamos con personal esencial y continuamos bajando la edad, mayores de 80, mayores de 70, jornadas horribles e interminables de trabajo, jornadas fuera de nuestro horario no remuneradas, “voluntarias”, las circunstancias del momento acallaban nuestra insatisfacción y conseguía que finalizáramos el día con el orgullo de un trabajo bien hecho y con la gratitud de las personas que acudían a los llamamientos. Mirando hacia atrás de una forma más consciente de cómo me sentía, creo que ya habíamos pasado de la fase de calma de los primeros meses a una segunda fase de acumulación de tensiones, donde tanto la administración como la población exigía más de nosotros y esta exigencia crecía a medida que aumentaba nuestra exposición.

Se fue bajando la edad por franjas etarias, el modo de gestionarlo, por campañas de llamamiento masivo, por lo que os podéis imaginar los circos que se montaban, las personas hacían colas interminables desde las 7 de la mañana por miedo a que se acabaran las dosis, los conflictos y las peleas tras las puertas eran una constante diaria.

Por nuestro palacio, en donde estábamos 14 profesionales, pasaban entre 2000 y 4000 personas al día, la prensa elogiaba el buen hacer de la gestión sanitaria que estaba cumpliendo con los plazos de las inmunizaciones, y no había día que no saliera una de las reinas en prensa. También resaltaron un dato del que nadie se percató, por cada línea de trabajo donde estaban dos enfermeras registrando y una pinchando pasaban entre 500-600 personas, y cada enfermera “pinchadora” como la llamábamos, ejercía su trabajo a pie firme toda la mañana, a un ritmo más propio de una gran cadena de montaje que de un sistema sanitario: tres personas por minuto. En aquellos momentos casi mirar a los ojos a nuestros pacientes era una utopía.

La cantidad de trabajo nunca nos amedrentó, pero lo que sí nos quebraba era la falta de respeto por parte de población y de algún modo de la propia administración. Tener que pedir permiso para poder ir al baño o no poder ni hacer un break para tomar un café para despejar nuestra cabeza, minaba día a día nuestras ganas de trabajar. Hasta que un día llegó la pintada ¡en plena puerta de nuestro palacio!: “Ratas impuntuales”. Llegó el momento que la falta de respeto era una constante diaria, evidentemente eran pocas las personas que protestaban, pero en un sistema en el que el cliente siempre tiene la razón, nuestra desprotección era más que evidente, y una reclamación pública en un medio de comunicación era una losa difícil de soportar. La fase de explosión ya había llegado, las tensiones acumuladas por las faltas de dosis, los billetes de avión asociados a una cartilla de vacunación, y la elección del tipo de vacuna, generaban discusiones diarias.

Nos sentíamos vapuleadas, desmoralizadas, y lo peor de todo, nadie lo entendía, desde fuera no entendían que no nos quejáramos, que aguantáramos, es difícil de contar, pero solo nosotras sabíamos cómo nos sentíamos. Las caras de agotamiento físico y mental convivían con nosotras. El trabajo repetitivo nos ahogaba. Y mientras tanto, los reconocimientos a las enfermeras eran cada vez más habituales, medallas por nuestro trabajo, el príncipe de Asturias a la Concordia, pero realmente, ¿alguien pensó en nosotras? Todavía recuerdo colas interminables al pie de mi ordenador, después de estar una hora diluyendo y cargando vacunas, tres horas preguntando las mismas preguntas, la vejiga llega, el estómago vacío, e intentando hacer comprender a esa persona llena de dudas que todas las vacunas eran igual de buenas, para que después de alguna palabra mal sonante marchara sin su dosis puesta.

Y al final del día o de la semana, la administración siempre nos daba una palmadita en la espalda, haciendo que nos volviéramos a reconciliar con nuestras emociones iniciales, enmarañándonos en una luna de miel, volviendo a hacernos sentir especiales y reinas en nuestro palacio. Si me preguntan ¿te sentiste maltratada?, yo solo puedo decir que fuimos felices en nuestro palacio, siendo Reinas a las que hicieron sentir como Ratas.

Cómo citar este documento

Martínez Tahoces, Sheila Mª. De reinas a ratas. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex]  05/01/2023. Disponible en:https://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=2433

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