Infectados

“El miedo no le sirve a la anciana que espera la muerte, ni a la madre preocupada por sus hijos”

Esther Pérez Gallego
Enfermera. Medicina Interna, Hospital Tres Mares. Reinosa, Cantabria, España

Durante mi trayectoria como enfermera por diferentes servicios había sentido la suerte de hacer algo útil, necesario. De empatizar, ser agradable, reivindicativa a veces, de implicarme, de hacer sentir cómodos a mis compañeros, de hacerme sentir querida, respetada, de trabajar en equipo. De la importancia de la higiene, de que todo lo que sea aprender no ocupa lugar, de respetar la palabra, escuchar, de enorme paciencia, de acompañar, de resignarme, limpiar  lagrimas y mirar hacia arriba en un intento de contener las mías, de apoyar, animar, de recriminar las malas conductas, de dirigir, de guiar, educar, de apartar mis problemas y mi estado de ánimo para, una vez dentro, estar a la altura. 

Tras diez años en la profesión, algo estaba cambiando. No me llenaba como antes, y sentía que el esfuerzo y la entrega jamás serían compensadas, tanto drama me agotaba. Firmé una vacante y formaba parte de la plantilla de enfermeros del servicio de medicina interna de un pequeño hospital público. Los pacientes que ingresaban tenían habitualmente varias  patologías, entre ellas afectaciones respiratorias con tratamientos crónicos, y volvían cada cierto tiempo con recidivas. No es raro que en el ámbito hospitalario se desarrollen infecciones por microorganismos resistentes. Pero ahora, una cepa de un virus ARN, con su principal foco en China, provoca que el mundo a excepción de los centros sanitarios se pare, se ralentiza la producción y todos nos volvemos vulnerables a él. Controlarlo es difícil entre otras cosas por su capacidad de contagio en periodos asintomáticos, es muy bueno multiplicándose. El microscópico bichito que está en boca de todos y en todas partes consigue que los conflictos políticos, económicos y sociales de repente sean baladí.

Fuera de mis turnos de trabajo compartía vivienda con una mujer que me alquilaba una pequeña habitación. Me mantuve escéptica con los informativos y con la alarma social que generaban. Opte por restarle importancia justificando que algún interés perturbado habría detrás.

El 14 de marzo de 2020 el gobierno declara al país en estado de alarma y todos pasamos a estar a disposición de él y del Ministerio de Sanidad. Resulta que este virus se transmite por micro-gotas, se mantiene en la superficie dicen que hasta doce horas y tiene gran capacidad de multiplicación. Provoca lesiones pulmonares bilaterales,leucopenia, dificultad respiratoria, tos y fiebre. Es antagonista de varios fármacos usados habitualmente como los antihipertensivos ARA II, pudiendo complicar la situación del paciente. Sobretodo afecta a personas inmunodeprimidas, de edad avanzada y con enfermedades crónicas. Nos piden máximo aislamiento, higiene, mascarillas, un metro de distancia entre personas y sólo salir a la calle para comprar bienes de primera necesidad. Esto te puede pillar fuera del país, en casa de tus abuelos, de casa rural, en un piso de treinta metros cuadrados, en una mansión, en las islas Maldivas, con tu pareja, o sólo. Suerte, las fronteras se han cerrado, y los desplazamientos solo están permitidos bajo justificación de estado de alarma.

En la calle se respira tensión, bajamos la mirada y nos sentimos rebeldes por sacar la basura. El comportamiento de algunas personas puede hacerte perder toda la fé en la raza humana y, al contrario, hay actos voluntarios de bondad que te dibujan una sonrisa en el alma. No tengo miedo, lo que me invade es tristeza. El miedo no le sirve a la anciana que espera la muerte, ni a la madre preocupada por sus hijos. No le sirve al empresario que dejará de producir, de ingresar y de mantener a sus trabajadores, no es útil. La televisión nos bombardea y nos asusta, de hecho sino fuera así, sería más complicado que cumpliéramos con el estado de alarma. La gente, por miedo, se ha quedado en su casa. Los vecinos se comunican desde el balcón a las ocho de la tarde de cada día dando gracias a los servicios sanitarios por su esfuerzo y sintiéndose reforzados y acompañados en su propio cautiverio.

Cada uno de nosotros miramos hacía dentro, exploramos nuestra capacidad de adaptación, la virtud de sentirse acompañado, la fortuna que es la libertad. Concedemos un paréntesis a nuestros objetivos por cumplir y si hace falta, rezamos. Y yo, que entiendo la muerte como parte de la vida, sigo escondiéndome para llorar en silencio cuando alguno de mis pacientes que se había ganado el cielo, se va. No me llores más Magdalena, me digo, guarda lagrimitas para llorar que ya verás lo que nos queda. Teníamos dos opciones; lamentarnos por nuestra desdicha y jurar en contra de los poderes políticos, o ser comedidos y aceptarlo. Claro que todos teníamos nuestros momentos, pero más valía apoyarte en aquellos que no te restaban energía. Hubo una reunión en mi trabajo, que sirvió para que algunos se desahogaran en para
maldecir la mala gestión del sistema sanitario. Yo mantenía los dientes apretados bajo la mascarilla que me cubría la cara, un espacio prudencial nos separaba, y la inseguridad de quién iba a protegernos a nosotros.

Me pongo un día más el uniforme limpio, guantes, bata, gorro, pantalla protectora, calzas 
y fuerza. Aprovecho mientras le administro la medicación intravenosa para confortarle en lo que puedo. Le mido la tensión arterial, la frecuencia cardiaca, la temperatura y el nivel de saturación de oxigeno. Le aseo, le hidrato, le hago la cama, le doy de comer, le pongo en contacto con su familia, le intento sacar una ligera sonrisa y le pido que se vuelva a tapar bien la nariz con su mascarilla. Suavizar la situación sería posible si él no estuviera tan asustado. Ahora está solo, nadie le sujeta la mano, y no sabemos hasta cuando.

A medida que llegan los informes de laboratorio con resultados del test nasofaríngeo que confirma quienes han dado positivo gestionamos el cambio de habitación del paciente y la empresa de limpieza hace un trabajo impoluto. Pero antes de eso las medidas de prevención puede que no hayan sido suficientes; el paciente tosió sin mascarilla y a ti se te había desatado el lazo superior de la tuya. Súmale un incompleto lavado de manos, y puedes considerarte un foco de virulencia en potencia más. Las noches en que me desvelaba me invadía la ausencia de mi Miguel. Le imaginaba a mi lado, dormido. También cuando volvía a casa exhausta, después de terminar el turno, sentía que mi mano iba entrelazada con la de él y eso me hacía sentir afortunada. Leía en internet los últimos titulares; cifras de afectados y número de fallecidos. La evolución de la pandemia en Italia, China o en Corea del Sur. Revisaba datos de años previos
respecto a la gripe común. No sabía yo, que según la historia de la evolución biológica nos iba tocando una pandemia que diezmara a la población. No me da tiempo apenas a sentirme sola, ni a no saber que hacer, descanso poco. La falta de personal hace que la supervisión tenga que forzar nuestros turnos para poder cubrir el servicio. En esta situación es normal y todos arrimamos el hombro en lo que podemos. Pasaron los días, y alargaron el estado de alarma quince más.  A través de las redes sociales se podían observar distintas inclinaciones sobre el asunto. Había quienes aprovechaban la situación para lapidar a los de arriba y los que tiraban de registro para victimizarse en un intento de ganar protagonismo y así sacarle partido a esto. Los que hacíamos nuestro humilde y noble trabajo, como siempre, nos convertíamos en superhéroes sin capa, aunque ahora el número de pacientes que no se recuperaban era demoledor, y las condiciones laborales del personal temporal en algunas comunidades seguían siendo nefastas.Dos semanas después, el gobierno ordena un reclutamiento más estricto. Nos vamos haciendo a la idea de que la primavera no será ni parecida a lo que imaginábamos. Los niños encerrados en pisos y casas mantienen un comportamiento ejemplar, a diferencia de los que nunca fueron limpios en su estilo de vida, y de los cuales no puedes esperar mucho más.

Saldremos de ésta, resistiremos, o moriremos de hambre, dicen. Resurgiremos como una nueva nación, o nos dividiremos a base de reproches. Un mes después y con un certificado que me permite viajar a mi residencia, me voy unos días a mi ciudad. Miguel también es enfermero en zona rural, y como los dos estamos asintomáticos, una suerte dado el alto porcentaje de sanitarios infectados, decidimos correr el riesgo. En el último turno que me toca antes de irme, busco a mi compañero de mañana. Estoy haciéndome cargo de sus pacientes porque lleva más de diez minutos sin aparecer. Cuando vuelve, despacio, le pregunto que dónde estaba y le informo de que uno de sus pacientes ha empeorado y le hemos administrado más medicación.
Me pide que le busque una habitación, él es el siguiente en ingresar. Dios mío, ¿y ahora que le digo? Si estábamos luchando contra todo mal pronóstico juntos y fuertes. Se me entrecorta la voz, y cuántas veces, el silencio es la mejor elección. Rezo por no ser la siguiente.

Cómo citar este documento
Pérez Gallego, Esther. Infectados. Narrativas-Covid. Coviviendo [web en Ciberindex], 29/04/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=853

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