Mi relación con el coronavirus

“La carga física era grande, pero lo peor era la psicológica. Cada turno era más cuesta arriba”

María Albillos Blanco
Enfermera. Endoscopias. Hospital Universitario del Río Hortega, Valladolid, España.

Mi relación con el coronavirus comenzó pronto, muy pronto. A mediados del mes de marzo de 2020 yo estaba trabajando en mi hospital como servicio mínimo, pues con el toque de queda, el confinamiento, la reducción de las consultas y quirófanos, íbamos a trabajar el menor personal posible para cuidarnos de contagios.

Al llegar el fin de semana empecé a tener febrícula, nunca superé los 37,8ºC y empezaron a unirse otros síntomas, cansancio generalizado, como si hubiera estado corriendo una carrera y estuviera llena de agujetas, una sed extrema que me hacia despertarme por la noche y tos, que fue lo que más tiempo me duró. Nunca perdí el olfato, cada día abría las latas de café y de cacao que tenía en casa para ver si dejaba de oler, pero no, olía perfectamente.

Las primeras semanas fueron un caos total a nivel sanitario. Mi servicio de prevención de riesgos del trabajo no consideró oportuno hacerme PCR, (al principio hacían muy pocas) mi médico de cabecera lo intentó, pero se lo denegaron. Un sin vivir.

Al principio veía la televisión, me intrigaba saber lo que estaba pasando en todo el mundo, especialmente en Europa, donde un virus nuevo estaba causando el caos. Al mismo tiempo me preguntaba: ¿Tendré yo ese virus que está matando a tantas personas, que llena los hospitales y que no tiene control? No lo tenía claro, me encontraba razonablemente bien, hasta podía hacer algo de ejercicio en casa, aunque procuraba no cansarme. Sin embargo, el miedo que no desaparecía era el de empeorar, que de repente me costara respirar y necesitara urgentemente una ambulancia.

El peor día que recuerdo coincidió con el día 8-9 de mi aislamiento, que era, según decían, el momento clave en el que la gente o empeoraba o empezaba su recuperación. Ese día, todos los sanitarios de Castilla y León recibimos un email de la consejera de Sanidad, una carta muy emotiva a la vez que dura. Había fallecido por COVID la primera sanitaria de Castilla y León, reconozco que fue un golpe moral, psicológico que no esperaba. No conocía a esa mujer, pero saber que una compañera en activo como yo, en el trabajo de su día a día había contraído la enfermedad y había muerto fue duro.

Afortunadamente en mi caso, yo mejoraba, apenas me quedaba un resquicio de tos incómoda, pero nada más. Tras más intentos de contactar con mi servicio de salud laboral finalmente me programaron una PCR, ya era el 1 de abril.

El proceso de la PCR fue cuanto menos peculiar. Salí atacada de mi casa, llevaba unos 12 días encerrada sin salir, sin ir a comprar, sobreviviendo con lo que tenía en casa y quería que esa salida fuese lo más rápida posible. La PCR la tenía citada en mi hospital, concretamente en el aparcamiento, tenía que ir en coche y seguir las instrucciones. Al llegar allí, habían creado un circuito que no había el último día que trabajé. Sin bajarme del coche, una enfermera disfrazada con las batas y mascarillas que había visto por la tele (hasta ese momento no me había tenido que poner ninguna, sobre todo porque no había), me indicó como tenía que hacerme la PCR, AUTOPCR, seguí las instrucciones lo mejor que pude, estaba temblando, al otro lado de mi ventanilla la enfermera me indicaba como debía de hacerlo, meter el hisopo primero en un orificio nasal y luego en otro. Hice lo que pude, se me saltaban las lágrimas, no sabía si lo había hecho bien o no, pero estaba hecho, ahora tocaba esperar.

El resultado me lo dieron la tarde del día siguiente, NEGATIVO, ¿alivio? Por una parte, si, aunque yo me encontraba ya bien, habían pasado tantos días desde que empecé con síntomas y unos cuantos desde que habían desaparecido que no sabía si en algún momento habría estado infectada. Tiempo después, en junio, cuando en el hospital nos hicieron test de antígenos a todos los trabajadores descubrí que tenía anticuerpos así que sí, había pasado la enfermedad, muy posiblemente en ese periodo de tiempo.

La alegría duró poco, una vez de alta y avisada mi supervisora, a las pocas horas, recibo una llamada suya casi a las 15 horas, era viernes. “María, el lunes, que ya vienes a trabajar, empiezas en la Uvi Covid que se ha creado en los quirófanos” ¿Cómo? Yo me veía trabajando en mi lugar habitual, con las restricciones propias del momento, pero no en una Uvi y menos en ese momento tan crítico y con mi inexperiencia. Mis conocimientos de Uvi se limitaban a 2 veranos hace 10 años, eso era todo, en un servicio donde todo cambia, se actualiza a la velocidad de la luz. La supervisora intentó calmarme, “Vas a estar bien, hay más gente que está como tú y han creado grupos con gente veterana con experiencia en Uvi para que no estéis solas”. Pero poco consuelo tenía, no se el tiempo que estuve llorando, al hombro de mi novio, por teléfono con mis padres y mi hermano, a los que les daba una preocupación más después de mi aislamiento. Ni que decir tiene el fin de semana que pasé, nerviosa, inquieta, intentando desempolvar todo lo que tenía sobre cuidados intensivos, recordando cosas, buscando información en los blogs, páginas etc. sobre lo básico en esta situación. Debo decir que encontré bastante información y muchos profesionales curtidos en cuidados intensivos que intentaron compartir sus conocimientos de la forma lo más sencilla posible para todos aquellos que como yo, nos iniciábamos en estos servicios con la mejor voluntad posible pero con poca experiencia.
La noche antes no pegué ojo. Recuerdo el trayecto al hospital apenas coches, no había tráfico.En el hospital la gente se dirigía a su lugar de trabajo en silencio, como si una capa de tristeza cubriera toda la ciudad.

Me presenté en el servicio antes de las 8, las compañeras me fueron indicando como funcionaba el servicio, donde cambiarme, donde dejar las cosas, a situarme. Allí conocí a los compañeros de mi primer turno, algunos de ellos seguirían conmigo unos cuantos turnos más, otros cambiarían. He de reconocer que el ambiente que se creó entre nosotros fue bastante bueno, todos estábamos igual, veníamos a remar en medio de la tempestad e intentábamos hacerlo lo mejor que podíamos. Poníamos en común nuestros conocimientos, nos ayudábamos en nuestras carencias, al fin y al cabo, hacíamos lo posible porque todo aquello funcionara.

El trabajo era duro, hacíamos turnos de 12 horas seguidas, comiendo allí y aunque no estábamos todo el rato con el EPI puesto, acababa agotada. Nos organizábamos por turnos y tareas, entrabamos por equipos con auxiliares y celadores par asear y cambiar las camas de ropa mientras otro grupo preparaba la medicación fuera para luego entrar y ponerla ellos y así sucesivamente para tener descansos sin el equipo.

La trasformación de los quirófanos fue brutal. Ni la gente que solía trabajar allí no los reconocía. Se suele hablar del trabajo del personal sanitario, pero hay otros profesionales que también trabajaron muy duro y muy rápido, adaptándose a las circunstancias. Tabicaron con pladur los quirófanos de forma que pudiera quedar una zona “limpia” en caso de necesidad (aunque toda la actividad quirúrgica se sacó del hospital) En cada quirófano situaron 2 respiradores, por tanto, había 2 pacientes por box. Aprovecharon las dobles puertas de quirófano para establecer un circuito limpio-sucio.

Al principio, cuando llegué había 8 camas, luego tuvieron que ampliarlo, tirando una pared de pladur.
Lo que más recuerdo son momentos puntuales, pacientes, como aquella señora que llegó tan justa a la UVI que pese al esfuerzo que hicieron todos los compañeros falleció a la hora escasa de ingresar, yo no llegué a verla ni la cara, al paciente del 7.1 que estuvo durante el mes entero que estuve allí y que aún seguía cuando me fui. A las 2 señoras que llevé en mis últimos 2 turnos, que estaban muy malitas cuando me fui y cuando volví ya no estaban…
No todo fueron malas noticias, recuerdo a Miguel, extubado, intentando respirar por si mismo, pero con mucho trabajo. Pidiéndonos que por favor no le intubáramos de nuevo y le diéramos una oportunidad de seguir intentándolo él solo. También cuando me pidió perdón por haberme hecho pasar tan mal rato cuando se agotaba del esfuerzo, desaturaba y se ponía muy malito. Afortunadamente a él le fue bien.

La carga física era grande, pero lo peor era la psicológica. Cada turno era más cuesta arriba, lo pasaba fatal en casa cuando pensaba que al día siguiente tenía que ir porque la situación era muy desesperante, la gente no paraba de llegar y estaba muy malita. Todas las semanas me preguntaba si sería la última y la siguiente ya podría volver a mi puesto de trabajo habitual.
Si hecho la vista atrás y veo que solo estuve allí un mes me parece increíble, parece que fue mucho, mucho más tiempo.

Cuando al fin pude volver a mi sitio fue como volver a casa por Navidad, una emoción tremenda, aunque el COVID no acababa allí, seguiría una segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta ola y quien sabe cuantas más. Pero eso quizás dé para otra historia.

Cómo citar este documento

Albillos Blanco, María. Mi relación con el coronavirus. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex]  30/12/2021. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=2392

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