El legado

“Una duda se presenta como un relámpago en medio de la escena: ¿Por qué estoy aquí?”

Álvaro Fadrique Barcenilla
Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería. Servicio Pediatría/Ginecología. Hospital Medina del Campo, Valladolid, España.

Marzo de dos mil veinte, en el hospital estamos recibiendo a la primera ola de afectados por covid19. Es mi primera semana en la planta de positivos, junto a un puñado de valientes compañeras. Nos han reunido formando equipos, en una mezcla de personal de esta planta, de otros servicios, y también se suman las que llamaron desde su casa para ofrecerse a venir.

Hoy vamos a por el turno que comienza a las ocho de la mañana. El sudor y el calor se acumulan bajo este mono de plástico a pesar de que solamente llevaremos una hora y media de intenso trabajo. Realmente no sé qué hora es, al cambiarme de ropa antes de subir a la planta, dejo absolutamente todo en la taquilla. Así que no llevo reloj. Aún así, os podéis imaginar que sería imposible ver la hora bajo la manga de este traje aislante, cubierta además con un doble guante. Si lo comparo con otros días, si, llevaremos hora y media de trabajo. Luego lo compruebo con el reloj de pared que tenemos frente al control de enfermería.

El agobio de los primeros momentos ya está presente. Muchas de las directrices cambian durante el día porque el hospital se está adaptando a las necesidades. Los protocolos cambian, lo discutimos y nos adaptamos. Me cruzo por el pasillo con enfermeras, celadoras, médicos y como yo, otras TCAE. A todas se les nota la tensión en el gesto a pesar de ir enfundadas hasta las cejas. Todos tenemos mucha tarea por delante. Más tarde, después de la primera parada para descansar, nos recuperaremos lo suficiente para poder completar las doce horas que dura la jornada, pero ahora en el arranque, estas circunstancias tan exigentes no dan tregua.

Así que continúo. Tras haber recogido las últimas bandejas del desayuno, voy a la siguiente habitación acompañado por el celador para proseguir con los aseos que quedaron interrumpidos. Llevo bajo el brazo izquierdo lo necesario y que no hemos metido antes, lo que supone un paquete formado por una toalla, esponjas, empapador, pañal y camisón. El resto de objetos como cremas o aceite protector se quedan disciplinariamente en el lugar de cada paciente. Estas habitaciones de aislamiento tienen una estrecha antesala para los protocolos antes y después del contacto. Giro la manilla de la primera puerta para entrar, y me doy de bruces con la segunda, que por lo que sea, está medio abierta quedándome el canto de su puerta a un palmo de la cara. Este sobresalto interrumpe mi concentración haciéndome consciente de algunas cosas, como por ejemplo que las gomas de la mascarilla me tiran con rabia de las orejas. También, que me duele el tabique nasal porque tenemos marcada a fuego la presilla de la mascarilla. Las gafas que he cogido hoy de la estantería se me empañan cada vez que respiro. Decido no respirar, pero da igual y continúan empañadas…así que vuelvo a respirar aliviado y confuso con mis decisiones. Sobre la capucha del buzo blanco, nos asentamos la pantalla frontal de plástico que contribuye a la poca visibilidad con la que atendemos a los pacientes. El trajín y la capucha hacen que oigamos con dificultad, así que sin querer nos voceamos constantemente, cuando resulta que solo nos oímos bien a nosotros mismos dentro de esta pecera que se ha formado alrededor de nuestra cabeza.

Avanzo con inercia mientras saludo de nuevo al paciente, que no nos entiende bien, noto con desazón que, con el sudor, se me está empezando a caer el pantalón por debajo del buzo. No me lo puedo subir tirando desde fuera del traje, porque contaminaría la zona de la cintura. Es más, no me puedo tocar nada. Pienso en cada objeto de la habitación que tampoco debo tocar. Pienso que, a pesar de la mascarilla, respiramos en el ambiente contaminado por el maldito virus. Me asalta el temor al contagio. Entonces, una duda se presenta como un relámpago en medio de la escena:
¿Por qué estoy aquí?

Tranquilas, no iba a trascender demasiado porque tengo que atender a mi paciente. Me contesté someramente de inmediato, resolviendo el momento, sabiendo que había algo mas como respuesta. Ahora tocaba remar y remar. Y esperar a desvestirme para acomodarme los pantalones.

Han pasado los meses y con ellos algunas olas mas desde aquella mañana. Ahora trabajamos de forma mucho más ordenada, casi con rutina. Ya quedaron atrás los temores infundados y solo atendemos a la evidencia. Es el momento de recuperar aquella respuesta que me di, antes de que el tiempo la difumine, corrompiendo su valor.
Sé que me dije que esto ya lo habían hecho otros antes.

Sin más, esa fue la idea que me justificó el estar ahí, asumiendo el riesgo. Esa certeza de estar donde otros ya estuvieron me fue suficiente para seguir sin miedo y con responsabilidad.
Imaginé a los monjes que habían atendido durante siglos a aquellos que enfermaban o necesitaban ser acogidos. Se cubrían por intuición boca y nariz con un pañuelo cuando ya eran demasiados los que acudían tosiendo, y continuaban su labor.
Imaginad a una mujer, de noche, con un candil, repartiendo agua y trabajando para proporcionar higiene a los soldados heridos o enfermos, ventilando el cargado ambiente bajo las lonas en Crimea. Anotando lo que más tarde sería parte de la formación de enfermería, comenzando por los cuidados básicos, esenciales diría.
Mucho más allá, imaginad a los pequeños grupos humanos que vivían durante el amanecer de la consciencia. Cuando la historia solo se escribía sobre la piedra. Se calentaban unidos junto al fuego, mientras mantenían la esperanza de que al día siguiente uno de los suyos, seguramente un niño, retomara el aliento y venciera al mal que lo castigaba. No lo abandonaban a su suerte, lo mantenían arropado mientras pudieran.
Imagina que puedes viajar en el tiempo junto a ellos. En el circulo formado alrededor de la hoguera, busca un hueco para sentarte a su lado, mírales un momento y diles con un gesto amable que pueden estar orgullosos de donde hemos llegado. Que seguimos cuidando de los nuestros, porque ellos perseveraron y nunca abandonaron al débil, pues ese será su legado.
Perseveremos ahora nosotros, para que en un futuro sean otros los que, al cerrar los ojos, sean capaces de sentir lo que nos trajo hasta aquí. Que podemos calentarnos las manos acercándolas al fuego, mientras reservamos el mejor sitio para aliviar a quien más lo necesita.
Esta es la respuesta.

Cómo citar este documento

Fadrique Barcenilla, Álvaro. El legado. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 28/09/2021. Disponible en:  http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=2357
 

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