Metamorfosis de la atención primaria, ¿perdurará en el tiempo?

“Hemos cambiado la cercanía, el contacto, la sonrisa y el fonendo, por el teléfono y la escucha”

Mercedes Terrero Varilla
Enfermera de Familia. Coordinadora de Cuidados y Directora en funciones. Distrito de Atención Primaria Aljarafe. Sanlúcar la Mayor, Sevilla

Hoy, con menos cansancio mental y algo más de calma que en las últimas semanas, he decidido sentarme a narrar la experiencia que como enfermera de atención primaria y desde la gestión de cuidados, además de la práctica asistencial, me ha tocado vivir, en la crisis del Covid-19. Digamos que si me lo cuentan o lo leo en una novela, pienso que el escritor tiene una brillante imaginación. El comienzo parte del estado de alarma proclamado por el gobierno a partir del sábado 14 de marzo. Antes no fuimos conscientes del problema en Andalucía hasta la situación obligada de confinamiento, aunque lo veíamos anunciado en comunidades como el País Vasco o Madrid. A partir de entonces fuimos conscientes de la situación y comenzamos a vivir una auténtica revolución de la atención primaria nunca antes vivida, al menos en tan poco tiempo. Cuando pensábamos que los cambios suponían un esfuerzo en tiempo y educación de la población, cuando cada paso, cada petición de herramientas o de cobertura de necesidades, suponía una burocracia tremenda y absurda, hemos vivido en tan solo tres semanas la mayor revolución en cuanto a cambios se refiere en los últimos años o décadas.

Digamos que el primer lunes posterior a la proclamación del estado de alarma fue un caos, imagino que en todos los centros, no solo del territorio andaluz, sino del territorio español. Nos encontrábamos ante una situación jamás vivida, con directrices difusas, con una gran incertidumbre y, por qué no decirlo, un pánico a lo desconocido que a algunos bloqueaba y a otros engrandecía (evidentemente siempre hay personas que se crecen ante la adversidad). De repente donde primaba la accesibilidad, lo cambiamos por el freno en una puerta o en un teléfono, impidiendo la entrada al centro de todo aquello que no fuera debidamente clasificado en orden de prioridad y necesidad de presencia física o no. Demorar todo aquello que significaba intervenciones de prevención y que habían sido nuestro leitmotiv durante años y priorizar todo aquello no demorable y, cómo no, toda sintomatología respiratoria.

Los primeros días han sido duros, caóticos, con múltiples informaciones cambiantes a cada hora, grupos de compañeros en las redes sociales efervescentes, con un intercambio de información tremendo, excesivo diría yo, a cualquier hora del día y cualquier día de la semana. El tiempo se había parado ese viernes 13 de marzo y todos los días han transcurrido con el mismo ritmo, sin importar qué día era ni qué hora.

Cambiamos la cercanía, el contacto, la sonrisa y el fonendo, en el caso fundamentalmente de los médicos, por el teléfono y la “escucha clínica”, que no “ojo clínico”, tomando decisiones importantes sobre la situación de las personas confinadas en sus domicilios. Aquello que era importante realizarlo precozmente, ha quedado bloqueado, en espera de normalizar la situación. Programas de cribado de cáncer de Cervix, cáncer de colon, intervención en tabaquismo, GRUSES y tantas otras intervenciones de un impacto tan importante, están esperando a que todo esto pase, si pasa. Renovación de tratamientos instantáneos, llamadas de seguimientos telefónicos para comprobar cómo las personas con patologías crónicas o dependientes estaban en sus casas, cómo se encontraban y si tenían necesidades de algún tipo, clínicas, familiares, sociales o de cualquier índole. Todas son importantes para nosotros. Cuando nos escuchan, desde sus casas, nos es imposible terminar la conversación, nos cuesta despedirnos de ellos, porque están esperando ansiosamente nuestras llamadas para aclarar sus dudas.

Residencias de ancianos dependientes de nuestros centros, con situaciones muy diversas, pero que han intentado con nuestra ayuda evitar en la medida de sus posibilidades y de sus recursos escasos, tanto humanos como materiales, la entrada del germen, sabiendo que una vez que entrara era imposible su control.

Personas mayores con patologías crónicas que aguantan estoicamente su disnea, exacerbaciones o síntomas que, en otras circunstancias hubieran sido motivo de llamada, permanecen agazapados en sus sillones, automedicándose como pueden por miedo a que una llamada suponga un ingreso hospitalario, tal vez sin un regreso. Se despiden de sus parejas con la que llevan toda la vida y de los que nunca se han separado, con lágrimas de angustia, antes de subir a la ambulancia, porque hay que partir de casa sin compañía y es sinónimo de incertidumbre y posibilidad de “no retorno”. Nos hemos convertido para ellos en “ángeles negros”.

Hemos cambiado un centro lleno de vida por un centro que más bien pudiera parecer una nave espacial, diáfano, con profesionales distanciados, con sus mascarillas y su discurrir ordenado y silencioso por el centro. Hemos cambiado los talleres programados en donde profesionales de la guardia civil nos enseñaban a cómo afrontar las agresiones verbales e incluso físicas en nuestras consultas, por el aplauso general de las ocho de la tarde.

En la respuesta de los profesionales ante esta situación, he podido observar el miedo al contagio de ellos y de sus familias, optando por la herramienta del teletrabajo para huir, en algunos casos, de esa situación de incertidumbre por lo que el bicho pudiera provocar en ellos.

Otros, sin embargo han entendido que cuando todo esto pase, queremos recordarnos como aquellos que estuvimos luchando contra la situación y hacen jornadas extras en hoteles medicalizados, como si de Teresa de Calcuta se tratara nuestro papel. Hoteles inmensos con cientos de mayores esperando que les ayuden a comer, beber, tomar sus constantes, asearlos, acompañarlos, darles un cambio postural, para prevenir escaras, sacarles una analítica de control y recibir unas palabras de cariño de alguien enfundado en un traje blanco, como si de un astronauta se tratara, como si hubieran sido trasladados a la luna. Afortunadamente para ellos, la mayoría sufren un deterioro cognitivo en mayor o menor grado. De otra manera, creo muy difícil soportar la situación que les ha tocado vivir. En estos casos la fiebre y el malestar les ayuda a disminuir su estado de conciencia y poder evadirse de ese escenario tan distinto, tan ajeno y tan frío para ellos.

Ya queda menos para el final, pero si de algo estoy segura es de que hemos respondido con una gran capacidad de adaptación al cambio, en poco tiempo, no cuestionando en exceso, con mucha creatividad, gestionando nuestras emociones y la de nuestras familias y seres queridos, a pesar de la incertidumbre, de la falta de recursos en los primeros momentos y sobre todo del miedo, humano, aceptable y sano. Porque al fin y al cabo, el miedo nos mantiene alerta y seguros.

Muchos de nosotros, profesionales dedicados a la gestión, esperamos que todo vuelva a la normalidad, pero confiamos en que cuando todo pase, muchos de estos cambios perduren en el tiempo, porque como en toda situación de catástrofe, al igual que muchas vidas, también se llevan otras cosas que eran necesarias que desaparecieran y esperamos que no vuelvan nunca más.

Cómo citar este documento
Terrero Varilla, Mercedes. Metamorfosis de la atención primaria, ¿perdurará en el tiempo? Narrativas-Covid. Coviviendo [web en Ciberindex], 23/04/2020. Disponible en http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=230

Una versión de esta narrativa ha sido publicada en
Terrero Varilla, Mercedes. ¿Regresaremos a casa? Cuando el coronavirus se hace presente en Atención Primaria. Index de Enfermería. 2020; 29(1-2): e52349. Disponible en: http://ciberindex.com/c/ie/e52349

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