Llegada de la COVID-19, ¿Qué pasó en Salud Mental?

“El estado de alarma y la incertidumbre ante una situación desconocida paralizó a la población, hasta tal punto, que el miedo encapsuló otras angustias cotidianas”

María Herrera Usagre.
Coordinadora de cuidados de Salud Mental. Unidad de Gestión Clínica (UGC) de Salud Mental H.U.V. Macarena. Sevilla.

Con la llegada de la pandemia por COVID-19 en el año 2020, todos sufrimos cambios en la práctica sanitaria general, las instituciones se vieron obligadas a centrar sus esfuerzos en la detección precoz de casos y a minimizar al máximo la exposición al virus. Todos los aspectos asistenciales y organizativos de los servicios de salud mental se vieron enfrentados a pautas y normas de prevención.

Durante las semanas del confinamiento los dispositivos de salud mental, caracterizados por trabajar en espacios de interrelación, donde el contacto cercano forma parte central del tratamiento, tuvieron que interrumpir repentinamente sus intervenciones. Las unidades de salud mental comunitaria llamaban diariamente a los pacientes citados, se sustituyó la consulta presencial por la escucha activa al teléfono, haciendo un esfuerzo por transmitir empatía, mediante herramientas de comunicación que permitiesen la contención emocional, y el drenaje de la angustia que transmitían muchos pacientes. Los compañeros de salud mental infantil tiraron de recomendaciones y recursos on line para los padres con niños con trastorno del espectro autista, una población que lo estaba pasando muy mal ante la ruptura de la rutina diaria, tan necesaria en estos casos. La enfermera de salud mental infantil nos contaba cómo podía oír al niño gritar mientras hablaba con una madre que lloraba al teléfono, solo quedaba la escucha y la compresión.

Los pacientes con trastornos mentales graves, en tratamientos parciales en hospital de día y unidad de rehabilitación, tuvieron que dejar de acudir a los grupos y actividades ocupacionales de recuperación, las visitas se vieron limitadas a los seguimientos farmacológicos. La comunicación telefónica e iniciativas de blog en la web permitió mantener el contacto social con los compañeros, y con los referentes clínicos y de enfermería.

Ante la sorpresa de todos, esperando que las urgencias de la unidad de hospitalización y los ingresos en salud mental se vieran aumentados, debido a la interrupción de las consultas externas, no fue así. Durante los meses de marzo y abril el número de ingresos se redujo a más de la mitad, algunos días la ocupación de camas bajó a 8 de las 44 con las que contamos en la unidad. El estado de alarma y la incertidumbre ante una situación desconocida paralizó a la población, hasta tal punto, que el miedo encapsuló otras angustias cotidianas. Los profesionales nos vimos sumergidos en este nuevo escenario, con pocos pacientes ingresados, esperando que el colapso sanitario por la nueva enfermedad llenara nuestros espacios, tal y como pasaba en otras comunidades autónomas. Y tampoco fue así, fueron cuatro semanas de espera, que ahora en la distancia las recuerdo como un estado onírico, caracterizado por la tensión ante un entorno desconocido debido al temor al contagio; gestionando las pocas mascarillas disponibles para atender a los pocos pacientes psiquiátricos ingresados, manteniendo los cuidados en las habitaciones, y evitando al máximo la estancia en las zonas comunes, hasta entonces lugares normalizados de atención.

Tras este repliegue domiciliario reapareció la normalidad asistencial, la tensión mantenida en esos meses fue manifestándose, aún no estaba claro el mecanismo de contagio, y se fue dando respuesta a la demanda del material, centralizado en esas fechas, casi a diario. Como coordinadora de cuidados el reparto de fungible para una unidad con once dispositivos, 224 profesionales, y una importante dispersión geográfica en la sierra norte de Sevilla, supuso un tiempo considerable de mi jornada laboral. En la unidad de hospitalización de salud mental los ingresos empezaron a subir, las medidas de control de casos se pusieron en marcha, los circuitos al ingreso se adaptaron a los protocolos de cribado, y los profesionales a su vez se vieron inmersos en técnicas poco utilizadas con anterioridad.  La colaboración con los nuevos procedimientos y el esfuerzo por mantener las medidas preventivas acordadas ha permitido que en todo este tiempo hayamos tenido un solo caso positivo, sin repercusión en el resto de los pacientes ingresados.

La respuesta profesional en nuestra UGC se puede resumir en el compromiso, los recursos personales ante la adversidad varia de un individuo a otro, la respuesta al miedo puede ser la huida, como hemos tenido en algunos profesionales, pocos, pero también el afrontamiento como grupo, la solidaridad como equipo. En este sentido se creó un grupo de apoyo a profesionales de atención directa a COVID-19, para colaborar con los servicios que se estaban viendo desbordados por la demanda. Se atendió a familiares y pacientes de unidades COVID-19, y se ofreció apoyo psicológico a los profesionales. Actualmente están en marcha pequeños grupos de terapia y talleres de relajación que atienden a 44 profesionales de medicina interna, en este equipo colaboran enfermeros especialistas de salud mental, psicólogos clínicos, psiquiatras, MIR, PIR y EIR, un auténtico espacio multidisciplinar.

El teléfono fue un gran aliado para la atención al sufrimiento psíquico en los primeros momentos de la pandemia, en los que los mecanismos de defensas mantuvieron la angustia de la enfermedad mental ante el miedo al contagio por COVID-19. Pero ahora nos encontramos en otro momento, el agotamiento, los recursos personales han cedido, se necesita la atención cercana, la retro alimentación de la escucha activa, de la compresión, y por qué no, el contacto físico.  Ahora la demanda en los servicios de salud mental ha aumentado, tenemos situaciones nunca vividas, algunas preocupantes como la presencia de menores de 14 años ingresados por intentos autolíticos, sin una causa aparente y sin una explicación del acto autolesivo. El consumo de psicofármacos se ha incrementado un 15%, lo que evidencia un aumento de los trastornos de ansiedad, la cobertura de las necesidades socio sanitarias de los pacientes con trastornos mentales graves están siendo retrasadas, y ya existen datos que empiezan a señalar una mayor incidencia de la conducta suicida en la población general.

Salud mental tendrá que responder a estas situaciones, no obstante, necesitará el apoyo de otros interlocutores implicados de la sociedad para dar respuesta conjunta a aquellos problemas cotidianos que la pandemia ha agravado, y que empeoran el sufrimiento psíquico de los ciudadanos.

Por último, quería compartir una reflexión personal tras la lectura del libro La Peste de Albert Camus durante el confinamiento, parecía un mandato generalizado por la similitud de la novela con la situación de pandemia, me ayudó a comprender la naturaleza y variabilidad de la respuesta humana ante situaciones límites, que personas como el Dr. Rieux permiten que la rueda se siga moviendo, y que al final: “hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana”.

 

Cómo citar este documento

Herrera Usagre, María. Llegada de la COVID-19, ¿Qué pasó en Salud Mental? Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 30/06/2021. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=2102
 

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