Detrás de esa puerta cerrada

“Las enfermeras son las mejores cuidando a nuestros pacientes a pie de cama, pero a ellas ¿Quién las cuida?”

Consuelo Gómez Tarrías.
Enfermera gestora de cuidados de Unidad de Cirugía Ortopédica y Traumatología

Hoy es día 1 de junio de 2021, hace ya un año dos meses y 14 días desde que una noticia nos obligó a permanecer en casa, ¡A nosotros, la generación de la libertad, de la tolerancia, del progreso tecnológico!

De repente te das cuenta de que por encima de la libertad y de tus derechos tan reivindicados, que por encima de madre, esposa o hija, eres ENFERMERA. Se paraliza la vida de un gran porcentaje de personas tras una puerta cerrada, pero la tuya se convierte en la etapa más activa que has vivido. Pones en valor las pequeñas cosas de las que has disfrutado a lo largo de tu trayectoria laboral y personal, el café compartido en el trabajo, el contacto físico con tus seres queridos, besar y abrazar, cuan reconfortante es un abrazo de tus hijos después de una jornada agotadora… Pero ahora sientes pavor solo con pensar que se acerquen a ti. Tu único pensamiento es el ruego de no contagiarlos. Cuando ya te has desinfectado antes de salir del Hospital, al llegar a casa, apartando tu ropa del resto, aun te sientes posible transmisora porque vas aprendiendo cada día el comportamiento real de este “bicho” que no sigue ningún patrón biológico aparentemente descrito hasta ahora.

En marzo de 2020 trabajaba como enfermera en la sala de Hospitalización de Traumatología en el Hospital Virgen de las Nieves de Granada. Mi trabajo como enfermera fija de mañanas era fundamentalmente apoyar y coordinar los cuidados de pacientes con fracturas urgentes quirúrgicas. Sin embargo, de pronto se convirtió en una búsqueda activa de recursos materiales de protección para mis compañeras, contactar con empresas textiles que se encontraban paradas para realizar EPIS, coordinar donaciones de mascarillas, material de protección y sobre todo garantizar la seguridad de nuestros pacientes ingresados, muchos de ellos ancianos, frágiles y con necesidades asistenciales complejas.

Nuestras puertas también se cerraron, blindando la entrada a la “vida” que caracteriza una unidad de hospitalización, a las risas de relevos, a las anécdotas del turno trabajado, a la sensación de empezar el trabajo con alegría y dejando dentro el miedo, la incertidumbre, la sensación de inseguridad y un intenso ritmo de trabajo extraño y estresante.

Viví como un gran número de mis compañeras se contagiaban. Había turnos en los que nos encontrábamos la mitad del personal que deberíamos estar. Cuando una compañera no se presentaba al trabajo se me cogía un pellizco en el estómago y una lagrima caía sigilosa al confirmar el motivo de su ausencia.

Debía de ser cauta y silenciosa porque lo menos deseado era transmitir más miedo a mis compañeras, miedo que ellas también silenciaban. En ese momento comenzaba el proceso de investigación: ¿Cómo se había contagiado? ¿Qué contactos se consideran estrechos?  Se ponía en marcha el protocolo de cribado y detección de posibles contagios con la consiguiente realización de PCR a todo el personal que había tenido contacto con esa compañera, a pacientes y a su familia.

Vivimos como parte de nuestra unidad se transformaba en zona COVID, como algunas de nuestras compañeras se prestaban incluso voluntarias para trabajar en ellas. Nuestro hospital se convirtió en un duro escenario en el que ni siquiera podíamos proporcionar una mascarilla FFp2 diaria. Aprendimos procedimientos de trabajo a marchas forzadas, protocolos, circuitos, a soportar un turno de 7 horas enfundada en una bata que no transpira, turnos en los que rozabas la deshidratación, aprendimos a cuidarnos unas a otras.

Personalmente he podido observar los distintos comportamientos de mis compañeras, unas se han engrandecido aún más, otras han soportado su miedo lo mejor que han podido y algunas no han sido capaces de superar ese miedo.

Las enfermeras hemos demostrado nuestra capacidad camaleónica de adaptación a los cambios. Tras unos meses detrás de esos EPIS y las mascarillas, aprendimos a sonreír con los ojos, escribíamos nuestro nombre en las batas para que nuestros pacientes nos conocieran y cogíamos sus manos, a través de dos guantes sí, pero sentían nuestro calor. Podíamos ver su sonrisa detrás de la mascarilla, su mirada de tranquilidad, su confianza y eso nos animaba a seguir proporcionando lo mejor que sabemos hacer las enfermeras: cuidar.

A los dos meses de este comienzo desconcertante de la pandemia de la Covid-19, superada la famosa “primera ola” ante mi necesidad de tener voz en las decisiones sobre gestión y empujada por mis compañeras, pasé a ser Enfermera Gestora de cuidados de Traumatología, con el principal objetivo de poder cuidar a mis compañeras enfermeras. Ellas son las mejores cuidando a nuestros pacientes a pie de cama, pero a ellas ¿Quién las cuida?

A día de hoy, hemos interiorizado procedimientos de trabajo más seguros, intentamos retomar la actividad lo más normalizada posible entre “ola y ola” priorizando la intervención quirúrgica de esos pacientes que llevan más tiempo esperando para resolver su patología traumatológica, que nuestros pacientes con fracturas se traten con la calidad que nos caracteriza en tiempo y forma, que nuestro trabajo se parezca lo más posible a ese enero de 2020 que quedó tan atrás. Sin embargo, nuestras cargas de trabajo asistencial se han visto incrementadas con multitud de protocolos, técnicas y registros. Ya no hay aplausos, nadie habla de nuestra labor, nos hemos convertido en “rastreadoras y vacunadoras” ¿Saben los ciudadanos que son enfermeras las que realizan ese trabajo? ¿Por qué en las noticias de los medios de comunicación no se habla de enfermeras que vacunan, enfermeras que rastrean? Somos las enfermeras las que doblamos turnos para dar respuesta a estas demandas asistenciales de los ciudadanos, las que seguimos cuidando día a día.

Hoy 1 de junio, reflexiono y analizo como hemos ido evolucionado y normalizando situaciones laborales inimaginables. Agradezco que la vida haya puesto en mi camino tantos magníficos profesionales, agradezco la entrega incondicional y los muchos apoyos recibidos. Analizo y engrandezco la labor de adaptación de las enfermeras a nuevos protocolos cambiantes, a reestructuraciones organizativas del hospital o a trabajar en otros servicios. No me cabe la menor duda de que seguiremos luchando para que se reconozca esa labor que realizamos más allá de unos aplausos, detrás de nuestras mascarillas y al lado de nuestros principales protagonistas: nuestros pacientes

Cómo citar este documento

Gómez Tarrías, Consuelo. Detrás de esa puerta cerrada. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 30/06/2021. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=2099
 
 

Volver a Sumario de narrativas
Elabora tu propia narrativa

2 comentarios en “Detrás de esa puerta cerrada

  1. Así fue como ocurrió todo ,y Chelo se convirtió en nuestra luz y nuestra cuidadora en esta época tan dura .Las enfermeras de la unidad de traumatologia tuvimos la suerte de contar con ella

  2. Ay Chelo, qué bonito, motivador y profundo todo lo que aquí dices, qué suerte la nuestra de tenerte como jefa, compañera y amiga, así es como te considero, no cambies nunca, TE QUIEROOOOOO

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *