La cancela cerrada.

“Dolores, sin esfuerzo, abría el picaporte de la cancela del Cielo”

Blanca Cid Alcón
Enfermera. Hospitalización, Hospital Infanta Leonor, Madrid.

Uf! La que se va a liar, con lo acostumbrado que está el paisanaje a ir al médico.

En realidad, creo que no se iba a ver al médico. Se iba a ver a don Rafael, porque don Rafael, nada más que viéndote, ya sabe lo que tienes y te receta de todo.

Son los finales del mes de marzo de 2020. Las duras condiciones de movilidad, impuestas el día 15 para la contención de la pandemia, redujeron de forma drástica la asistencia presencial en el Centro de Salud.

Los días de cuarentena iban pasando y no solo no había protesta de los pacientes, sino que daba la sensación de que los sanos no enfermaban y los enfermos no empeoraban. Tan es así que, curiosamente, comenzó el mes de abril y seguíamos sin tener fallecimientos en el pueblo.

¿Será más saludable no ir al médico?

D. Rafael y Carlos, el “practicante”, iban a visitar a Dolores. Por la calle solo se encontraron a una vecina que, apresurada, cabizbaja, pegada a la pared, como a hurtadillas, tiraba del carrito de la compra.

Dolores no estaba mal para su edad. Menos la cabeza. La demencia se había adueñado de sus 91 años. Su hija mayor, su “madre” y su hija menor “esa, la, la… ¿tú quién eres, niña?”; y su discurso, lleno de disparates y recuerdos entremezclados, te hacían sonreír con una mueca de pesar.

Había sido buena madre y sus dos hijas estaban siendo buenas hijas. Dolores seguía viviendo en su casa, en el terreno que ella conocía, en su zona de confort, con una cuidadora y las visitas diarias de sus hijas. Con la cuarentena, las visitas de los demás familiares se redujeron y los paseos que daba por la acera de su calle… prohibidos por ley.

-Niña, ¿qué le pasa a la cancela?
-¿Qué le pasa, Dolores?
-Que mira, que ¿tú no ves?, que no… (aferrada al picaporte, lo movía sin que la cancela se abriese) que no…
-Dolores, no podemos salir a la calle.
-Bueno, pero, a ver si tú… si a ti… ¡Ochú, que no se abre!
– Que no, que el Gobierno ha prohibido que se abra la cancela.

Y Dolores se volvía para el salón. Se sentaba. Se levantaba. Se iba al patio. Volvía al salón o a la cocina o al dormitorio… o a la cancela y vuelta a empezar.

Y así, todo el día.

Así todos los días.

Hasta el 5 de abril.

De madrugada, dormida, el alma de Dolores se escabulló, sin decirle nada a nadie, por el patio, por la cocina, por el salón, por entre los hierros de la cancela…

-Madre, buenos días, vete levantando. ¿Te voy preparando el café, que son ya las nueve?… Madre… ¡¡Madre!!… ¡¡¡MADREEE!!!

A las nueve y cuarto don Rafael y Carlos “el practicante” daban fe de lo evidente.

A las diez y media, un señor con traje negro y una carpeta de cartón azul con gomillas, solicitaba, sin entrar en el Centro de Salud, que se le firmase el certificado de defunción para poder enterrar a Dolores.

-Será para trasladarla al tanatorio, ¿no?
-No, no. Para enterrarla.
-Pero… si apenas hace un par de horas que ha fallecido.
-Sí, pero en el domicilio no se pueden reunir los familiares para velar y si se traslada al tanatorio, se entierra mañana, pero en el tanatorio no se puede quedar ningún familiar.
-¿Pero eso es así?
-Totalmente. Normativas complementarias a las condiciones de confinamiento y a las limitaciones de movilidad y reunión de las personas. Tampoco se pueden celebrar oficios religiosos ni comitiva fúnebre. Del domicilio, directamente al cementerio acompañada solo por tres familiares.
-¿Cómo? ¿Tres familiares nada más?
-Así es. Y nada de pésames. Mire usted: nosotros, por nuestro trabajo, estamos acostumbrados al dolor ajeno. No es que seamos insensibles, eso no, sino que procuramos poner una barrera para que no nos afecte el pesar de los dolientes. Pero las condiciones que se están poniendo… Serán legales y necesarias para evitar contagios, pero emocionalmente esto está siendo muy difícil de sobrellevar. Para los familiares y para nosotros. Usted ni se lo imagina. No estamos preparados para esto.

Una docena de vecinas ocupaban la calle y la acera de enfrente. Separadas entre sí. Mudas. Con la mirada fija en la puerta, abierta de par en par, que permitía ver la cancela “que no se podía abrir… porque lo prohibía el Gobierno”, pero que, ahora, estaba franca para que Dolores saliera por última vez de su casa.

De todos los familiares, solo la cuidadora, las dos hijas y las tres nietas que tenía, saltándose las normas de movilidad, observaban a los operarios de la funeraria entrar y salir del dormitorio, preparándola para su último e improvisado viaje.

No había lágrimas. No podía haberlas. El asombro impedía que las lágrimas madurasen, porque los ojos estaban ocupados viendo… viendo… ¡Por Dios, ¿qué está pasando?!

Se miraban entre ellas y un nudo seco les apretaba el pecho de tal manera que les paralizaba la garganta, el corazón y el juicio. Apenas respondían torpemente las llamadas de teléfono que se sucedían:

-No, tito, no. No vengas… No. Anoche se acostó como siempre. Quien iba a pensar… No, ni en casa ni en el tanatorio. No se puede velar… Si localizan al sepulturero, que salió esta mañana para la capital por cosas para el Ayuntamiento, se enterrará a las 12, y si no, cuando llegue… Que no, tito. Que no te preocupes. Qué le vamos a hacer… Nos ponen un coche. No se puede ir andando… Pues tres nada más. Iremos mi hermana, yo y una de las niñas, aunque las demás quieren irse por su cuenta al cementerio. A ver si, encima, vamos a tener problemas con los municipales… Es que es muy fuerte… No, del cura también se está encargando la funeraria, a ver si se puede acercar al cementerio…

En el camposanto, las dos hijas y la mayor de las nietas, como sonámbulas, apenas oían las letanías del sacerdote. En la lejanía, ocultas por las esquinas de los nichos, como quién hace algo malo, las otras dos nietas y la cuidadora contenían la angustia de no poder participar.

En este duelo no resuelto, y lo que es peor, sin saber cuándo y cómo gestionarlo, entre los operarios y el sacerdote superaban a los dolientes, y mientras, Dolores, sin esfuerzo, abría el picaporte de la cancela del Cielo.
 

 

Cómo citar este documento

Cid Alcón, Blanca. La cancela cerrada.Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 08/02/2021. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1996
 
 

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