Covid-19. Lo mejor y lo peor de nosotros

“Sentíamos no tener armas lo suficientemente buenas como para ganarla”

Jose Manuel Matas Terron
Medicina Interna. Hospital Comarcal de Antequera, España.

Soy enfermero de quirófano y la sensación de estar dentro de esa película americana de acción y desastres, es la que comencé a tener en la segunda mitad de marzo de 2020. Lo que en un principio parecía algo muy lejano y que nunca nos afectaría a nosotros, se transformó en pocos meses en una autentica pesadilla. Parece como si algún poder divido nos hubiera querido dar un baño de humildad en cuanto a que este virus no ha tenido, ni sigue teniendo, predilección por estatus sociales, etnias, países, edades o sexos… Es en esa segunda quincena de marzo, cuando desde mi lugar de trabajo, veíamos como en la capital de Madrid nuestros compañeros sanitarios estaban pasando verdaderas calamidades en hacer su trabajo. Veíamos el daño que estaba haciendo el Covid-19 en Italia, y sin embargo no reaccionábamos todavía. En ese tiempo, mientras el virus hacia de las suyas en Italia, yo llegué a preguntarle a varios facultativos sobre que conocían de este nuevo virus, porque parecía que la televisión a veces que estaban magnificando la situación, y solamente una anestesista me advirtió de la gravedad de este virus.

Por lo contrario, sus compañeros parecían no creerse del todo lo que ella contaba. Uno de ellos llegó a contarme que era “una simple neumonía y que no iba a ser para tanto, que el sistema sanitario chino no se podía comparar con nosotros”. Después de dos semanas con todas las cirugías programas canceladas, los de arriba deciden mandarnos a algunos a echar una mano en las Ucis Covid. Nos dieron el tiempo justo para saber que íbamos a trabajar allí. Daba igual si tuvieras experiencia o no con pacientes de cuidados intensivos, e incluso que supieras o no vestirte y desvestirte con un equipo de protección individual, los famosos EPI, pero la enfermería es así y hay que estar donde se le necesita. Cuando llegue a mi primer turno en la Unidad de cuidados intensivos, pude respirar la tristeza, desesperanza y desolación que sufrían en el servicio. Los animos estaban por los suelos. Me contaban que ni los propios intensivistas a los que se les reconocia sobrada experiencia, podían dar respuesta y manejar la situación sin que se le escapara de las manos. Yo estaba en la última sala de críticos reservada para pacientes Covid-19. La última habitación o box que nosotros teníamos era la número 40, y todos llenos. Es decir, teníamos cuarenta pacientes críticos que necesitaban de respirador o de oxigenoterapia de alto flujo y que ese lugar era el último escalón en cuanto a tratamiento. Además teníamos las plantas conocidas como intermedias, donde los pacientes covid recibían tratamiento menos invasivo.

Un hospital entero, exceptuando dos plantas, lleno de pacientes covid y sin medios para dar unos cuidados necesarios de este tipo de pacientes. Resultado de la presión hospitalaria, la falta de previsión y de muchas cosas mas, los sanitarios nos vimos envueltos en toda una guerra contra algo hasta entonces desconocido donde encima, sentíamos no tener armas lo suficientemente buenas como para ganarla. No puede olvidar como la descordinación que existía en todo el centro y la falta de material para protegernos hacia que nosotros mismos tuviéramos que salir del paso usando bolsas de basura como parte de nuestro material EPI, o en usando mascaras de snorkel adaptadas a filtros de las tubuladoras para los respiradores artificiales. Se lavaban los monos para poder usarlos de nuevo, y se nos decía que reutilizáramos las mascarillas ffp2, ya que según las supervisoras, podíamos lavarlas en la lavadora que quedaban como nuevas. A pesar de que los boxes no eran estancos ni con presión negativa, solo te permitían usar mascarillas quirúrgicas para cuando estabas fuera de ellos. Es decir, estando en la estación de enfermería o en el pasillo de los boxs o en cualquier otro lado, no debías usar la ffp2 porque tenías que dejarla reservada para el momento en el que entrabas dentro con los pacientes. Y esto de que la enfermedad no se transmitía por aire lo llevaban como una religión incluso ciertos intensivistas, además de la supervisión de enfermería. Nada que ver con lo que se conoce ahora.

Pues es en estos momentos es cuando ves lo peor y lo mejor de las personas. Ves como pacientes que entran hablando por teléfono con lo que para ellos es una disnea, y fallecen en 48 horas, o ves como algunos compañero, por miedo a lo que estaba pasando, no hacen su trabajo para que tu lo tengas que hacer cuando te toque entrar. Llegue a pensar que yo podía ser uno de ellos. Pasé verdaderamente miedo, pero la gente que estaba allí ingresada necesitaban que estuviéramos al cien por cien.

Por otro lado, encontré a gente que lo dio todo. Son enfermeras de los pies a la cabeza y son la mejor representación de nuestra profesión. Llevan en el ADN la enfermería. Su cariño y dedicación hacen sentirme muy orgulloso de pertenecer a este gremio, siendo sin ninguna duda, referente a seguir. He aprendido mucho gracias a ellas en lo profesional y en cuanto a lo personal, sin embargo sigo sintiendo la impotencia del poco reconocimiento que han tenido y la poca consideración que gran parte de la población está teniendo hacia nosotros

Cómo citar este documento

Matas Terron, José Manuel . Covid-19. Lo mejor y lo peor de nosotros. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 14/01/2021. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1936
 

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