El ser más pequeño guarda la mayor fortaleza

“La burbuja de seguridad que ofrecían los brazos de papá y mamá, quienes antes estaban demasiado ocupados”

Laura Solís Casado
Terapeuta Ocupacional. Asociación Autismo, España.

2020 se planteaba para como un año lleno de retos y de viajes norte-sur. En mi último año como estudiante de Terapia Ocupacional decidí guiarme por la vocación y abandonar la comodidad del hogar por solicitar unas estancias prácticas de cinco meses especializándome en el campo que siempre me había fascinado. A cualquiera le habría asustado la distancia entre mi tierra y el destino para cumplir un sueño de tal calibre en un curso que se planteaba complejo, pero yo decía no temerle a nada.

Los días transcurrían con la tranquilidad habitual en aquella última semana de febrero en la que la COVID-19 aterrizaba en Europa. Aún seguíamos viéndolo lejano, aislados en nuestra frenética rutina que iniciaba a las nueve de la mañana y finalizaba a las ocho de la noche. Vivía de manera mecánica: levantarse, preparar el desayuno, salir corriendo para atravesar toda la ciudad hasta el centro de prácticas, investigar, preparar las terapias de la tarde, atender a cada usuario con el mismo ánimo y cariño… Desde una perspectiva egoísta, lo más importante que ocurría en mi mundo en esos momentos era disfrutar la experiencia, disfrutar de las personas que me rodeaban antes de que todo acabase, y finalizar con éxito la memoria de mis prácticas.

El primer día que fui plenamente consiente de lo que se nos venía encima comenzaba marzo. Con mi cabeza llena de ideas y mi carpeta repleta de materiales con los que trabajar, llegué a la clínica deseando iniciar las terapias que había preparado. Tenía en mente al primer niño de la tarde, su perfil clínico, sus gustos, aquel juguete que siempre le llamaba la atención, aquella reacción con la que debía tener cuidado… Al subir las escaleras del edificio y cruzar la sala de espera pensé “qué extraño, no está aquí todavía, con lo puntual que es”. Cuando me encontré con mi tutora me explicó que el usuario no acudiría. Y que él no era el único, muchos padres habían llamado para cancelar las terapias de sus hijos a lo largo de toda la semana. Muchos padres comenzaban a exteriorizar la llama de miedo que había prendido en su interior a causa de los carros de información que volcaban sobre ellos las noticias, dejaban de llevar a sus hijos al colegio por temor a su vulnerabilidad, pensando que la situación no se extendería más allá de unos días y podrían compaginar la carga familiar con la carga laboral.

La vida universitaria no pasaba por una transición mejor que la vida escolar. Corrían rumores de casos positivos en los campus y todos esperábamos un comunicado oficial del rectorado de la facultad indicando cómo proceder. Universidades en otras partes de España ya habían cerrado sus puertas durante un período prudencial, y nos preguntábamos a qué esperaba la nuestra para mantenernos a salvo. Algunos profesores decían que estábamos exagerando y que las clases seguirían siendo presenciales como hasta el momento, que solo queríamos darnos el lujo de tener unas vacaciones adelantadas. Y no lo niego, puede ser que muchos no se estuviesen tomando en serio la situación, pensando únicamente en lo bien que sentaría no madrugar y disponer de tiempo libre para completar los trabajos acumulados. Pero, justo al día siguiente, el gobierno habló.

Se decretaba el Estado de Alarma. Se suspendían todas las actividades no esenciales, se explicaba la propagación del virus, las supuestas medidas de seguridad con las que contábamos… “¿Cuánto será esto? ¿Un mes como mucho?”, debatíamos mi pareja y yo mientras decidíamos quedarnos juntos en la capital en vez de regresar a nuestros hogares, confiando en que al lado del otro lo llevaríamos mejor. La rutina de todos cambió de la noche a la mañana, y no quedaba otra que amoldarse por el bien global. Yo solo podía pensar en mis usuarios, en la ayuda que sus padres podían necesitar, las situaciones que les sobrepasaban y trabajábamos diariamente en las terapias, la forma en que estarían sufriendo la falta de ese apoyo. Y descubrimos que los más pequeños, aquellos a quienes considerábamos más débiles, fueron los más fuertes. La capacidad de adaptación que, debido a sus diferentes capacidades, les faltaba para llevar a cabo con independencia las distintas actividades de la vida diaria, mostraron tenerla en el momento que menos imaginábamos.

En medio de una situación de crisis mundial. Los niños eran más felices que nunca. Los niños, mientras los profesionales temíamos por su situación en el hogar, aprendían a disfrutar de lo que siempre habían deseado: tener a sus padres cerca, tener a sus padres gran parte del día. Tenerles para jugar, cocinar juntos, poner la mesa en compañía, ver una película antes de dormir, corregir los deberes, repasar el álbum familiar que hacía años que guardaba polvo en una estantería. Aunque echaban de menos a sus amigos, profesores y otros profesionales que formaban parte de su vida, tenían lo que más necesitaban. La clave estaba ahí desde el principio. La situación más regulatoria y calmante para ellos era, simplemente, estar cerca de las personas que más querían. La burbuja de seguridad que ofrecían los brazos de papá y mamá, quienes antes estaban demasiado ocupados, a la par que preocupados, para tomarse un segundo de reflexión y llegar a la conclusión de que, aunque se estaban dejando la piel en cuidar a sus hijos y darles el mejor presente y futuro posible, a veces todo lo que ellos necesitaban era un beso en la frente o un ratito de juego compartido.

Hay muchas personas a las que agradecer su esfuerzo y trabajo incansable durante los puntos más conflictivos de la pandemia y hasta el día de hoy. Desde profesionales sanitarios hasta personal de limpieza, transportistas o dependientes. Pero en este pequeño espacio me gustaría darles las gracias a los niños y a los padres volcados en su crianza, por otorgarnos el mayor aprendizaje: sin la familia no somos nada. Lo estáis haciendo genial, incluso cuando creéis que habéis metido la pata.

Cómo citar este documento

Solís Casado, Laura. El ser más pequeño guarda la mayor fortaleza. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 10/12/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1904
 

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1 comentario en “El ser más pequeño guarda la mayor fortaleza

  1. Hola, gracias por tu anécdota, soy maestra de literatura en México, tu escrito me lleno de sentimientos, en realidad estaba buscando algo así para ejemplificar a los chicos a escribir, expresar sus emociones. Me quedo feliz de poder darles un ejemplo así. Gracias.

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