El poder de la mirada: comunicar y sentir.

“He comunicado la tristeza y el dolor, pero también esperanza, cariño, e incluso en algunos momentos, cercanía y serenidad, cuando algún paciente se encontraba en la fase final de la vida”

Gema Yagüe de Antonio
Calidad/Sistemas de información/Hospital Universitario La Paz/Cantoblanco/Carlos III, España.

El poder de la mirada es inmenso. Siempre me ha encantado observar, pero jamás pensé que, se podría transmitir tanto a través de la mirada, y menos comunicar y sentir. Si alguien me preguntara, cuando empezó esta situación, no sabría decir día, solo tengo grabado en mi mente, el momento en el que la directora de enfermería entro en el despacho de calidad, sería casi al final de la mañana, y nos comento que, teníamos que hacer guardias de supervisión de noche, para reforzar a los compañeros, no podían soportar la presión de ese turno. ¿Quién quiere empezar, pregunto?, hubo un silencio, duro solo escasos segundos, y dije, “empiezo yo”. No había hecho guardias nunca, me las solía hacer una compañera, pero rápidamente sentí la necesidad de apoyar a mis compañeros. Es lo único en lo que pensé, y lo que me impulso a decir el sí, sin pensar en más. A partir de ese momento, fui consciente de la situación en la que estábamos inmersos.

Empecé un sábado del mes de abril. No sabía muy bien qué llevarme, si un sándwich, solo un yogur, … Me vestí, al final cogí un yogur, la mochila, y subí al coche. Según salía del garaje, empecé a oír palmadas y una canción, miré hacia arriba, eran mis vecinos. Gritaban, eres una valiente Gemma, estamos con vosotros, os apoyamos. Me invadió una gran tristeza, y me puse a llorar desconsoladamente. Según conducía seguía llorando, y llamé a mi madre. ¿Qué me pasaba?. Tenía miedo, y a la vez me invadía una gran tristeza. No sabía la situación que me iba a encontrar. Reconozco que tenía pánico. Esa noche jamás la olvidaré, fue la primera de muchas. Descubrí el gran poder de la mirada, nos comunicábamos y sentíamos a través de ella. Nada más llegar al hospital, los teléfonos de los supervisores de guardia, no paraban de sonar. Era colgar y coger otra llamada. Compañeros que no venían a trabajar, porque se habían contagiado. Compañeros que entraban de guardia, y no se encontraban bien. Algunos estaban en las sala de la urgencia, se habían desmayado. Nuevos profesionales que, no sabían dónde tenían que ir. Necesitaban urgentemente, mascarillas, alcohol, FFP2, FFP3, … Durante toda la noche sentías el miedo, la tristeza, la desesperanza y la angustia de todos los profesionales. Todos sentíamos lo mismo. Mi compañera y yo, íbamos por los pasillos del hospital, las plantas, las urgencias, transmitiendo seguridad y fuerza, a través de nuestra mirada. Mirada que transmitía cercanía, seguridad, queríamos que supieran que estábamos ahí, para cualquier cosa que necesitaran, a través de la mirada queríamos que percibieran que, estábamos para cuidarles. Lo que necesitaran.

Pasillos llenos de camas con pacientes, no cabían más. La sala del gimnasio, llena de sillones y camas con pacientes. Percibías en su mirada, angustia, dolor, miedo. Compañeros con los EPIs puestos, imposible de reconocerlos. Algunos tenían que salir de la sala, porque se desmayaban. Otros, a través de su mirada te trasmitían el miedo, temor y la angustia que sentían. Todas las noches eran iguales. La situación no mejoraba, al contrario, empeoraba. Durante el día, la situación era la misma. La saturación de las urgencias obligaba a tener que abrir mas plantas, unidades de críticos, contratar a más personal. Los pacientes llegaban, ahogándose textualmente. No podían respirar. Escuchabas llantos, y voces que decían, “señorita este señor se esta ahogando, se muere”. En más de una ocasión me invadió un sentimiento de tristeza, sentimiento que me ha acompañado durante toda esta situación de pandemia, y que actualmente sigo sintiendo. También angustia, temor por poder contagiarme, y contagiar a mi familia. No parábamos durante todas las noches. Las jornadas eran de 15 horas, pero no sentíamos cansancio, ni dolor producido por las mascarillas, solo desesperanza por la situación que estábamos viviendo. Tampoco teníamos hambre, solo sed. En más de una ocasión, a las 03:00 de la mañana, teníamos que parar y beber agua, se nos secaba la boca. Jamás pensamos que podría pasar esto. Nos llamaban de las plantas, pacientes que fallecían, compañeros que se encontraban mal, algunos ingresaban e incluso fallecían. Volvías a la noche siguiente, y había compañeras que estaban de baja. Se habían contagiado. Pacientes que ya no estaban, habían fallecido. Todas las noches subía a la UVI a ver a un compañero. Un profesional excelente, con grandes valores humanos, y preguntaba a mis compañeros qué tal se encontraba. Su situación empeoraba. Me quedaba delante de la cama observándole. Una noche llegué como todas, pero no estaba. Pregunté, había fallecido. Mis ojos empezaron a derramar lágrimas. Qué tristeza más grande. Un hombre al que admiraba profundamente. Otra noche sonó la alarma de la urgencia, quería decir, paciente con máxima gravedad. Nos dirigimos rápidamente hacia allí. No me lo podía creer, era una compañera. La estaba dando un ICTUS. Eran las 12:00 de la mañana. Llevaba desde las 20:00 horas del día anterior. Todos los días de regreso a casa, mientas conducía, no podía parar de llorar, de manera desconsolada. A penas podía dormir.

Mi retina tenía demasiadas imágenes de dolor que, no me dejaban descansar, ni de día ni de noche. A las 17:00 horas ya estaba en pie de nuevo. Más de una vez, me he tenido que meter en el cuarto de baño del hospital, para llorar. Estando en casa, y sin saber porque, me ponía a llorar. Me invadía una gran tristeza. Me faltaba el aire. Al día siguiente a las 4:45 ya estaba despierta para ir a trabajar. A las 14:00 horas regresaba a casa, ya que a las 20:00 horas volvía de noche. Éramos y somos un gran equipo, no importaba la categoría profesional, auxiliar, celadora, del servicio de limpieza, de mantenimiento, directores, enfermeras, médicos. Todos colaborábamos en lo que fuera necesario, fuera nuestra función o no.

Si alguien no se encontraba bien, como para vestirse con los EPIs, y entrar a una habitación de pacientes con COVID 19, siempre había otro que decía, “paso yo”. Durante toda esta situación, he descubierto el poder de la mirada, a través de ella he comunicado la tristeza y el dolor, pero también esperanza, cariño, e incluso en algunos momentos, cercanía y serenidad, cuando algún paciente se encontraba en la fase final de la vida.

No podíamos darnos un abrazo, un beso, y sonreír, pero hemos descubierto y potenciado el poder de la mirada, que sí nos ha permitido hacerlo. Actualmente sigo transmitiendo, comunicándome y sintiendo a través de ella. El poder de la mirada es inmenso.

Cómo citar este documento

Yagüe de Antonio, Gema. El poder de la mirada: comunicar y sentir. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 07/12/2020. Disponible en:http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1888
 

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