La pandemia por COVID-19 desde la perspectiva de un residente de Enfermería Familiar y Comunitaria

Cada día llegabas y te enterabas de otro compañero que se había infectado, y claro pensabas: “¿Cuándo me tocara a mí?”

David Bermejo Martínez
Unidad Docente Muiltidisciplinar Sureste Madrid. C.S. Numancia, España.

En marzo a los residentes de todas las especialidades nos suspendieron la formación debido al riesgo de contagio y propagación. La base de nuestro puesto de trabajo desaparecía. Eran tiempos convulsos en los que nadie, ni siquiera las autoridades sanitarias, eran capaces de prever lo que se nos venía encima. Quizás ese desconocimiento ha sido lo que ha hecho que hayamos podido con esos interminables turnos de trabajo, pensando que todo empezaría a mejorar. Como residente, mi labor asistencial se desarrollaba en el ámbito hospitalario y en la Atención Primaria. En el primero de los escenarios la situación era desbordante, todo se convirtió en atención a personas infectadas, las demás patologías parecía que habían desaparecido. Los ojos de los que allí estuvimos han visto situaciones difíciles de olvidar, hemos observado como nuestros pacientes se morían en cuestión de horas en colchonetas sin poder hacer nada por ellos, hemos visto unas radiografías que asustaban y hemos trabajado con todo nuestro corazón para cuidar a todos los que se han quedado por el camino. Eran unos días física y mentalmente agotadores.

El miedo y la preocupación por tus familiares había que dejarlos fuera, no quedaba otra opción si querías sobrevivir. Cada día llegabas y te enterabas de otro compañero que se había infectado, y claro pensabas: “¿Cuándo me tocara a mí?”. En el ámbito de la atención primaria era aún peor sí cabe. A penas sin material de protección, viendo pacientes que llegaban muy malitos al centro de salud y llamabas a una ambulancia y cuando llegaba ya era tarde. Viendo como tus pacientes, los de toda la vida, los que conoces desde hace años, los que confían en ti, los que se han sentido seguros y cuidados por ti, se infectaban, ellos, sus familias, y tú, su única esperanza no podías hacer demasiado por ellos. Uno de los peores días que recuerdo fue cuando nos llegó una caja con todo el material necesario para sedar a nuestros pacientes. Una caja llena de mórficos y vías. En el centro de salud estábamos organizados por tareas, nuestros principios basados en cuidados holísticos y atención a la familia como una unidad se cayeron el primer día, demostrando la debilidad de la atención primaria. Enseñábamos a pacientes a utilizar la morfina con sus parejas y días más tarde eran los hijos los que tenían a ambos padres con sedación en sus casas. En los mismos núcleos familiares morían miembros con días de diferencia mientras el resto de familiares estaban luchando contra la infección.

Las enfermeras de los centros de salud, no podíamos dejar de lado a nuestros pacientes crónicos, triplicamos las visitas domiciliarias para evitar que nuestros pacientes más vulnerables se expusieran innecesariamente. Vimos el miedo en sus caras, sabíamos que eran población de riesgo, y muchos de ellos ya no están. Los residentes de enfermería familiar y comunitaria dejamos de ser residentes, maduramos antes de tiempo y nos convertimos en enfermeros “cuasiespecialistas” para apoyar a nuestras compañeras. No pensamos en nuestras limitaciones, en nuestra formación y en nuestras condiciones laborales, nos centramos únicamente en nuestros pacientes y compañeras. A día de hoy, nueve meses después, nuestra formación sigue paralizada en la mayoría de los casos y hemos perdido rotaciones tan importantes y necesarias como salud pública. Quiero remarcar que conseguir una plaza como residente no es nada fácil, hay muy pocas plazas y mucho esfuerzo detrás de cada uno de nosotros.

La pandemia, sin duda, ha dejado cosas buenas. En las urgencias del hospital solo existía una palabra: compañerismo. Todos éramos uno. Todos nos apoyábamos. La confianza era extrema. Como residente no puedo estar más agradecido, sabían que mis jornadas de 14 horas de trabajo eran agotadoras, pero que quería ayudar que estaba allí como uno más y que mi cansancio no era ningún impedimento para estar con los pacientes al pie del cañón. En los centros de salud, las relaciones son muy diferentes, trabajamos en equipos, cada uno estamos en nuestra consulta y es más difícil establecer relaciones. Sin embargo, a raíz de la pandemia todos éramos uno, nos hemos conocido y hemos visto que hasta incluso nos caemos bien. Cada día había cambios en el funcionamiento del centro. Cada mañana se evaluaba el día anterior y se realizaban cambios para optimizar los esfuerzos. Enfermeros, médicos, administrativos, etc, todos éramos uno, todos nos apoyábamos y animábamos. Las agendas eran interminables, las visitas domiciliarias se multiplicaban y los pacientes paliativos aumentaban por minutos, pero el buen ambiente y las ganas de trabajar juntos hicieron que lo superáramos. También quiero señalar la comprensión de los pacientes. La mayoría veían como trabajábamos, como estábamos de sobrepasados y nos animaba y nos hacía llegar su reconocimiento. Esto ha sido algo fundamental para poder superarlo.

Sumado a todo esto están las situaciones familiares personales, compañeras que vivían con familiares de riesgo, que no veían a sus padres desde hacía meses, compañeras que tenían familiares enfermos o que eran ellas las que se habían contagiado. A todos nos removía cuando nos llegaba la noticia de algún sanitario muerto y las cifras de contagios entre el personal sanitario. Cuando algún compañero fallecía no estremecíamos. Todos teníamos miedo, no solo por nosotros sino por nuestros familiares. Cuando llegabas a casa tenías el apoyo de todos tus familiares, esos mensajes que te alegraban el día, pero que llegaban a agobiar. Todo era pandemia, los telediarios, cualquier programa de televisión, las conversaciones con los vecinos, con tus familiares… pero todos te animaban, te expresaban su reconocimiento y eso era lo más reconfortante.

El trabajo de los sanitarios ha sido importante, pero hay que reconocer que cada persona ha colaborado, quedándose en casa, manteniendo las distancias, usando la mascarilla, haciendo un uso razonable de los recursos sanitarios y lavándose las manos. Todos hemos aportado nuestro granito de arena y todos hemos pasado por momentos difíciles que sin duda nunca llegaremos a olvidar. Aunque espero que nunca se repita nada parecido, que esto que hemos vivido nos sirva para aprender y mejorar, no solo de cara a futuras pandemias, si no en nuestro día a día.

Cómo citar este documento

Bermejo Martínez, David. La pandemia por COVID-19 desde la perspectiva de un residente de Enfermería Familiar y Comunitaria. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 06/12/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1881
 

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