Enfermería, el amor a la vida

“El amor es incluso lo que mueve a la muerte. Porque la muerte rodeada de amor es la muerte que todos merecemos”

Marta Manzano Figal
Hemodiálisis. Hospital de León (España)

Y como siempre, lo malo siempre le pasa al de al lado, pero a mí no. Y vaya que si pasó. El virus llegó. Pero lo que no llegaron fueron las PCR, los EPIS ni las mascarillas. Sabiendo que estabas con pacientes COVID y lo único que tenías era una mascarilla de papel. Pero tú entrabas y hacías tu trabajo. Tampoco sabías muy bien qué era el COVID, como protegerte o qué hacer por tus pacientes. Y ahí estabas tú, llena de miedo. Al principio con una mascarilla y después vestida de astronauta. Veías como tus compañeras se iban a casa de baja. Yo me aislé sola, me separé de mi familia. A mi madre se la partía el alma pensando que estaba viviendo todo esto yo sola. Mi 26 cumpleaños lo celebré con una galleta maría untada en Nocilla. Me siento afortunada de volver a casa sin miedo de contagiar a mi familia, de haber tenido la oportunidad de aprender a convivir conmigo misma, esto no nos lo enseñan en la Universidad. Sola tampoco estaba. La relación con mis compañeras era buena anteriormente, pero la forma en la que el equipo del hospital se transformó en familia, fue brutal. Llorabas en el coche al salir del turno, pero nunca en las videollamadas que hacías. Un día, nada más montarme en el coche para volver a mi casa, mi supervisora me llamó para tranquilizarme. Por lo visto, todas hacíamos lo mismo. Los pacientes con los que trabajo están inmunodeprimidos. Nos conocemos desde hace años. Ellos también tenían miedo, pero no podía dejar que ellos vieran ese mismo sentimiento en mí. Ir al hospital no era opcional, o iban o se morían. Y mientras la gente aplaudía en los balcones a las 20h, ellos estaban terminando su tratamiento mientras nosotras los aplaudíamos a ellos.

Mientras aplaudían a las 20h, yo estaba 1h más con el EPI puesto porque las ambulancias no llegaban a recoger a los pacientes, eran muchos ya. Recuerdo a un paciente COVID al que le aplaudí a la hora acordada; y él, me aplaudía a mí. Yo estaba feliz porque le veía mucho mejor. Al día siguiente, tenía que acercarme a él para ver si respiraba. Mi moral me hacía toc toc en la cabeza diciéndome que por qué íbamos a hacer el tratamiento a una persona agonizando, que eso no era una muerte digna. El médico dijo que lo hiciera. Y yo pensé, al menos así no morirá solo en una planta de hospital. Estuve acariciando su cabeza y agarrando su mano. Siempre quise haber hablado con su familia y contarle que no estuvo solo, que yo estuve compartiendo con él la paz que el momento requería. Siempre he tenido ganas de hablar con esa familia, de darles la tranquilidad de que alguien que no conocían de nada, dio todo el amor que tenía para que se sintiese reconfortado. No podía ni imaginar el dolor que podían sentir todas esas personas en su casa sabiendo que alguien al que querían con todo su corazón estaba en el hospital solo. Yo pensaba en mi familia. Ellos estaban en el pueblo, seguros. Yo hacía la compra, lo lavaba todo con lejía en el rellano y después mi padre lo recogía. Nos veíamos por la ventana. Al fin y al cabo, yo ya no podía estar más expuesta y quería protegerlos de todo el horror que veía. En el mes de mayo se me acabó el contrato. No me renovaban, ya no era necesaria. Se me acababa el contrato y salud laboral me dijo: “tú ya no eres mi problema”. No sé en cuantas listas de contactos estrechos estaba mi nombre escrito, pero eso por lo visto, era solamente problema mío. Peleé y al fin me hicieron la PCR para poder volver a mi casa. Me habían utilizado, yo era un número, pero no una persona. Me sentí cosificada. Como dicen en mi pueblo, ni pagada ni agradecida.

No tardaron demasiado en volver a necesitarme. El COVID no ha terminado ni creo que vaya a terminar, pero parece que a muchos se les ha olvidado. Mi abuela ha cumplido 90 años y no he soplado las velas a su lado, pero está viva. Sin embargo, muchos en la calle paran a hablar con ella sin mascarilla ni distancia de seguridad. Habré visto a mi novio unas 7 veces desde marzo hasta hoy, 2 de diciembre en que escribo esto. Sin embargo, hay gente cuya vida social es más activa antes que ahora. Nunca piensas que te vaya a pasar a ti, hasta que te pasa. Hoy es todo tan fugaz que hasta los desastres se olvidan. Yo me sigo poniendo el EPI, sigo viendo como mueren personas, sigo viendo como compañeras se contagian, pero el mundo parece haberse olvidado de las imágenes que tanto se repetían en los telediarios. Y hablando de compañeras que se contagian…

Hace tres semanas, una compañera de plantilla flotante fue a trabajar en turno de mañana. Nos conocíamos de otras veces, pero tampoco habíamos coincidido mucho. Yo me cambié con ella a las 8 de la mañana y me contó que estaba esperando resultado de PCR, que había tenido contacto en una planta de hospitalización. Llamamos a supervisión de enfermería, se desentendieron. Llamamos al jefe de la guardia y se desató un cataclismo. De repente ya estaba el resultado, positivo. Solo hacían que gritarla que se fuera y yo la veía muerta de miedo. Parecía que querían tapar el error, y que una vez más, eras un número; un número que no es su responsabilidad. Yo la di mi número de teléfono en un papel, no podía hacer nada más. Hace unos días me contó que tiene cáncer, un cáncer que no se puede operar. Su médico le había dicho que sus posibilidades de sobrevivir al COVID eran muy bajas. Cuando la gritaron que se fuera, que era positivo y nadie la dijo ni a dónde ir, ella estaba escuchando su propia sentencia de muerte. Y yo la di un papel arrugado que nunca pensé que pudiera llegar a tener importancia. La vida, la dio un regalo. Ahí estaba ella, hablando conmigo como si nada, ya negativa.

Cualquier detalle, cualquier cosa que puedas hacer para que la vida sea más llevadera, hazlo. Sé bueno, sé generoso. La vida te va a devolver con creces todas las cosas bonitas que hagas por los demás. Todo esto está siendo duro y difícil, pero nos está devolviendo a la realidad. Saber quienes te quieren, saber dar tu amor a las personas con las que compartes tiempo todos los días. El amor es lo que mueve el mundo. El amor es incluso lo que mueve a la muerte. Porque la muerte rodeada de amor es la muerte que todos merecemos. Y la vida rodeada de amor, es el motivo por el que estamos en el mundo.

Cómo citar este documento

Manzano Figal, Marta . Enfermería, el amor a la vida. Narrativas-COVID. Coviviendo [web en Ciberindex] 05/01/2021. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1873
 

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