La aventura del trabajo de campo en tiempos de COVID-19

“No parar sino repensar, reenfocar”

Ana Quiroz Hidrovo
Enfermera. Doctoranda Universitat de Barcelona, España.

Esta foránea, estudiante de doctorado, empieza su historia recordando que, varias semanas desde que el mundo conociera la existencia del COVID-19, en Italia se había iniciado el confinamiento raíz de un alarmante número de muertos. Mientras tanto, España tenía un importante aumento de casos y sus hospitales ya casi estaban saturados. Pese a esto, aún creía que estaba muy lejos de ser confinada, pues de alguna manera siempre pensó que Europa era inmune a muchos de los problemas que aquejaban a otros países de Asia y Sudamérica y que ésta estaba muy lejos de ser golpeada por el virus como lo fue.

Así de repente, estando próxima a iniciar el estudio de corte etnográfico en una población indígena de los Andes Ecuatorianos y, mientras esperaba el mail que confirmara la aprobación del estudio por parte del comité de ética de Ecuador, fui informada de que desde el siguiente día ya no debía ir a la universidad y que las actividades se podían continuar desde casa. Ya de camino a casa percibí en el aire de Barcelona cierta angustia y, de alguna manera, miedo a lo desconocido, sentimientos que también pronto me inundarían. Aquel día, esta ecuatoriana fue confinada en un piso de Barcelona lejos de su país y de su familia, y a la angustia propia de las circunstancias debía sumar la incertidumbre, ya que estaba próxima a realizar su viaje a Ecuador para iniciar el trabajo de campo y, de pronto, este viaje ya no era posible, como si el gran maestro hubiera decidido poner en pausa al mundo.

Días después, y aún sin acostumbrarme a esta realidad, iniciaría otra historia. Ecuador era el segundo país de Sudamérica en presentar casos de COVID-19 y, al mismo tiempo, esperaba la demorada resolución final del comité de ética. Esto ahondó más la preocupación, me sobrevenían preguntas sobre cuál sería el futuro de la investigación etnográfica, me preguntaba cómo haces trabajo etnográfico en estas circunstancias, no debo ser la única en el mundo viviendo esto, podré realizar el trabajo de campo, en cuánto tiempo podré viajar, cómo sería ese viaje. Y, por un momento, pensé en que pronto todo estaría bien y que, pese a las condiciones, podría viajar y hacer mi entrada a la comunidad, pero… ¿será que la comunidad vería con buenos ojos a esta investigadora ahora también foránea en su propio país? ¿acaso yo misma representaba un riesgo para la comunidad? ¿y si en lugar de lograr mi objetivo de contribuir a mejorar sus condiciones de salud me convertía en su problema? Sentía inquietud ante un futuro incierto. De pronto, un día llegó la resolución el comité que, lejos de ser la que deseaba, era una respuesta apegada a la realidad que el COVID-19 había decidido escribir en nuestras vidas. Por tanto, al más puro estilo de preparación para la guerra, me puse a trabajar en un protocolo para garantizar la seguridad y salud de los investigadores, pero sobre todo de la población de las comunidades donde trabajaría. Por otro lado, debía ver la forma de obtener, desde este lado del Atlántico, la autorización de la comunidad para la realización del estudio bajo estas condiciones. Por tanto, ahora sí que como investigadora el COVID-19 ya era parte de mi muy cercana realidad.

Entonces, por dónde empiezo, cómo lo hago, alguien puede estar en la misma situación que yo, pues aun cuando busqué opciones de orientación estas fueron escasas o más bien nulas, «claro es que nadie o muy pocos querrán hacer trabajo de campo en tiempos de COVID-19», quizás era de las pocas “arriesgadas”, y entonces empecé a visitar páginas de instituciones y personas que trabajan con poblaciones indígenas y así ver como llevaban el tema en ese momento, pero no fue tarea fácil “no hay nada escrito”, fue entonces que empecé por descubrir, leer y analizar para armar un rompecabezas de algo que no se había hecho, al final el protocolo del investigador para el trabajo de campo, estaba realizado.

Y ahora, la pregunta era cómo logras convencer desde al otro lado del mundo a los líderes y la comunidad, que la investigación vale la pena ser realizada, en estos momentos, cuando el virus está rondando sus puertas. La comunicación no fue fácil, estas comunidades además de su lejanía física tienen un aislamiento comunicacional, debes coordinar tus llamadas para estar en algún lugar específico, donde tengas señal de internet, además de la diferencia de horario, “vaya misión imposible”, así se planteaba la conclusión de estos primeros intentos de contacto con la comunidad por vía whatsapp.

“Debo ir a Ecuador” no hay otra forma, un par de semanas después y apenas fue posible me encontraba en un avión de regreso a Ecuador, aquí iniciaba otra aventura como investigadora, luego de un angustiante y largo viaje me encontraba en este país, los protocolos aeroportuarios se habían convertido en un ejercicio a la paciencia, luego de varias horas de controles desde la temperatura hasta una larga entrevista, pude salir, para iniciar una cuarentena de catorce días por suerte en casa y con los míos.

Luego de estos días de alimento familiar y una vez se permitieron los viajes entre provincias, salí de casa para dirigirme al lugar donde iniciaría el trabajo, tomando todas las precauciones, pues la responsabilidad era mayor al saber que no había casos en la comunidad. Durante casi tres horas en auto, medité sobre cómo sería esta experiencia, en otros tiempos habría podido volver a casa para lo que llamo “recargar baterías” pero esta vez eso no sería posible, lo había puesto en el protocolo “el investigador permanecería en la comunidad hasta finalizar el trabajo de campo” de alguna manera esta era la forma de proteger a la comunidad. Así mismo, me preguntaba sobre cómo podría mantener la cercanía, ya que para mí era importante generar vínculos de confianza, esto sería posible aún cuando la mascarilla se había convertido en una barrera social. A mi llegada, al centro de la comunidad donde habitan en su mayoría mestizos (mezcla de blanco e indígena) pude ver que había una extraña sensación de absoluta tranquilidad, se respiraban aires de paz y confianza, aires que desde febrero del 2020 no respiraba luego de estar confinada en dos grandes ciudades; Barcelona y Quito, ciudades además muy golpeadas por el virus. En el fondo, me había imaginado otra realidad, me preguntaba si esto era bueno o malo, por otro lado, me asustaba que Ecuador viviera pronto un rebrote y entonces quedara atrapada en este lugar y si esto sucedía en cuánto tiempo volvería a salir o, aún peor y si por el exceso de confianza de los pobladores, se presentaba algún caso y me contagiaba. Estaba en un lugar donde había un centro de atención con poca infraestructura.

Una vez instalada, empecé a trabajar, no me considero una experta en el mundo virtual, pero debía usarlo como vía de interacción con los líderes de la comunidad, ya que aún las reuniones no eran permitidas, por tanto, debía buscar formas de contactar con ellos, por lo menos en estos primeros contactos. Esto sí que fue una aventura, hubo de por medio llamadas a mi hermana, ella mucho más joven y familiarizada con estos instrumentos. Mi primer encuentro con la comunidad fue entonces por medio de una cámara de celular que transmitía por Facebook live “a toda la comunidad”, o al menos a los que tenían acceso a internet. Y entonces, aquel mi primer contacto directo con la comunidad y que me que ayudaría en mi entrada, para generar confianza, no fue como lo había planteado antes de todo esto.

Aún ahora es difícil la aproximación personal, me acerco siempre en compañía de una persona de confianza de la comunidad, para que en su idioma les explique que soy enfermera, al parecer esto genera un poco más de confianza, veo que el decir “soy investigadora” genera el efecto contrario, aún más si menciono que vengo de Barcelona, he optado por decir que vengo de Quito. Ahora veo que esta experiencia de campo no será como lo imagine, prefiero no ver a esta experiencia como una etnografía degradada. Quizás no es posible el encuentro cercano, del convivir y del entrar en los contextos cotidianos de las familias. Estoy aprendiendo a no parar sino a reenfocar, quizás ahora varias semanas después ya no soy para ellos “un extraño con el virus”, cada día se suman las miradas familiares y amistosas, sin embargo, las miradas extrañas aún son cotidianas.

Aunque ya originalmente el trabajo de campo tiene sus propias dificultades y nos obliga a los investigadores a ver formas de replantear el trabajo, no puedo dejar de pensar en esta experiencia como una oportunidad. No sé cómo terminará esto, pero sentí la necesidad de narrar mi experiencia.

Cómo citar este documento
Quiroz Hidrovo, Ana. La aventura del trabajo de campo en tiempos de COVID_19. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 15 /10/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1821

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