Historia de mis mascarillas

“Dudo mucho que esta pandemia nos haya hecho mejores, para nada. Somos igual de humanos, igual de imperfectos y de vulnerables”

Azucena Santillán García
Enfermera. Cardiología. Hospital Universitario de Burgos, España.

Cuando en marzo nos estalló la pandemia en la cara nos pilló desprevenidos y desprovistos de algo tan fundamental como mascarillas. Haber había, pero no tantas como para abastecer a toda la población ni a los profesionales sanitarios. Y mientras las cifras de infectados, hospitalizados y fallecidos aumentaban vertiginosamente, la carestía de mascarillas se percibía como un nudo en el estomago acrecentado por el miedo al contagio y el desconocimiento sobre el virus. Por eso había que priorizar y para hacerlo ordenadamente se necesitaba información ¿Qué tipos de mascarillas hay? ¿Cuál es la mejor para cada escenario? ¿Quién debe usarla, cómo y cuándo? Se buscaban datos y se hallaban pero no eran aplicables al escenario del momento porque no había mascarillas. ¿De que sirve que la evidencia científica indique que las mascarillas de tal tipo son las optimas para tal situación si no las hay? ¿de qué sirve que la recomendación sea descartar la mascarilla en uso a las x horas si la alternativa es quedarte sin recambio? Frustrante, desesperante… y a eso me dedique durante semanas en marzo y abril.

En colaboración con Epistemonikos busqué, analicé, cribé y sinteticé datos sobre la efectividad de las mascarillas convencionales y no convencionales en distintos escenarios, ante circunstancias insólitas y evidencias cambiantes. Bastante laborioso y ciertamente estresante, créanme. Esa información me servía para contestar dudas, elaborar informes, asesorar… pero era complicadísimo. Recuerden que en esos momentos los profesionales sanitarios se hacían equipos de protección con bolsas de basura, pantallas faciales con portafolios y mascarillas con mascaras de bucear. Debo romper una lanza por todos los makers que se pusieron manos a la obra con rapidez y que generosamente pusieron sus impresoras 3D y sus materiales al servicio de la población.

Poco a poco se consiguió aplanar la curva, llegó la desescalada y las recomendaciones científico técnicas evolucionaron hacia la luz verde para las mascarillas caseras en población general. Aquí llego otra área de incertidumbre derivada de la heterogeneidad en el lenguaje de las personas al hablar de las mascarillas. Se confundían las mascarillas homologadas con mascarillas de tela homologada, las higiénicas con quirúrgicas etc., por no hablar de las que llevan válvula y parecen “mejores”. Poco duró esa incertidumbre porque acabó pesando más la comodidad y el diseño, y además ya podíamos ir a las terrazas, viajar a la playa y celebrar bodas… ya me entienden. Parecía que en julio habían ido desapareciendo las dudas populares sobre las mascarilla pero ¡que equivocada estaba!. Mientras unos se pasaban patrones para hacerse mascarillas de varios colores con tela TNT y triple capa, otros empezaban a hablar de “plandemia”, “coronatimos” y “bozales”.

La cosa se iba polarizando, y politizando. A medida que llegaba el fin del verano en unos crecía el temor a la vuelta al cole y en otros el temor al nuevo orden mundial. Desde un punto de vista sociológico el movimiento negacionista despertaba mi curiosidad, quería conocer el origen de su suspicacia y sus argumentos; por eso me introduje como observadora en grupos de Facebook y Telegram pero duré poco y salí escaldada, porque a los profesionales sanitaros que tratamos de hacer divulgación científica nos tachan de cómplices de un genocidio, sinvergüenzas etc. Lo que vi fue miedo y rabia, y aires de superioridad (porque ellos conocen la verdad de la “plandemia” y los demás somos unos borregos). Pero esa misma rabia la sentí desde un grupo de personas que nos acorralaron a mi marido y a mi en una zona al aire libre porque mi hija de 4 años no llevaba mascarilla. Y no la había llevado en todo el verano en la calle, es verdad, pero es que ni esta obligada por ley ni justificado desde un punto de vista científico-técnico. El origen del conflicto estuvo en que mi hija juega con sus hijos y uno de los padres es diabético. Ni lo sabía ni tenía porqué saberlo, pero se me hizo saber a gritos y con aderezos como “parece mentira que seas enfermera” “estamos hartos de tu hija” “no merece la pena hablar con gente como tú”. ¿Qué quieren que les diga? Ha sido como la cuadratura del círculo.

Gracias a las mascarillas he profundizado en el ser humano y he visto cara a cara la desesperación, la valentía, el ingenio, la vanidad, la generosidad, el miedo y la rabia. Dudo mucho que esta pandemia nos haya hecho mejores, para nada. Somos igual de humanos, igual de imperfectos y de vulnerables.

Cómo citar este documento
Santillán García, Azucena.  Historia de mis mascarillas. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 9 /10/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1803

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1 comentario en “Historia de mis mascarillas

  1. Hola buen dia. Qusiera saber si las personas diebeticas tienen el derecho de condicionar la vida y forma de actuar de los que le rodean de esa manera. Me parece un disparate. Una persona vulnerable necesita cuidarse mas y mejor pero no puede obligar al resto de la sociedad a llevar medidas extremas. Gracias por contar esta experiencia.

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