Y ahora, seguiremos viviendo

“Una nube oscura, intensa, desagradable nos sigue envolviendo, pero yo tengo que prepararme para mi siguiente turno”

Adoración Muñoz Tapia
Enfermera. Residencia de Mayores La Milagrosa, Diputación Provincial de Granada, Granada, España.

Hacía dos semanas que se había decretado el estado de alarma. Solo sé que ese día tenía turno de trabajo, pero no podría decir qué día era de la semana o del mes. El resto del tiempo me pasó igual. Vivía siempre como en una burbuja de esas que se ven en los parques de atracciones, te metes dentro y, sobre una piscina de agua, la enorme burbuja da vueltas y más vueltas contigo en el interior. Tu sensación es un vértigo muy extraño, ya que por un lado parece que te vas a mojar de agua y, por otro lado, conforme la burbuja da vueltas y más vueltas, te mareas y pierdes la noción del espacio y del tiempo.
Para mí el agua era la enfermedad. Continuamente me salpicaban gotas, pero, aunque parecía que de un momento a otro me iba a empapar, no llegaba a mojarme del todo. La gran bola de plástico era mi pequeño mundo, ya que durante todo el tiempo que estuvimos luchando contra el covid-19, yo no tenía noticias de nada de lo que ocurría en el mundo exterior. El mío ya era demasiado duro. Por eso mi familia, cuando llegaba a casa, me liberaba de escuchar cualquier noticia que pudiera mermar aún más mi ánimo. Y las vueltas que daba dentro de la bola, cabeza arriba, cabeza abajo, era lo que yo sentía.
Por primera vez en mis 30 años de vida laboral se estaba produciendo un acontecimiento que formaba parte de una de mis mayores ambiciones profesionales. Por primera vez, el mundo entero sabía quiénes eran las enfermeras. Existíamos, sabían en qué consistía nuestro trabajo. Habían dejado de confundirnos con celadores, auxiliares de enfermería, e incluso, en algunos lugares en los que aún todos los uniformes tienen el mismo color, con las limpiadoras. Lo que jamás ha ocurrido es que nos confundan con los médicos.
Había tenido que ocurrir una desgracia tan grave como una pandemia para que el mundo supiera que una enfermera cuida de sus pacientes con una profesionalidad y cariño que son inmedibles, y que lo hace incluso sabiendo que pueden perder la vida en ello. Lamento mucho que esto mismo les haya ocurrido a otros profesionales de la salud, pero este es mi relato y yo soy enfermera.
Pero como decía al principio, ese día yo tenía turno de trabajo. La dirección de la residencia de mayores en la que trabajo desde hace 23 años decidió que los turnos tenían que ser de 17 horas seguidas. Entrar a las tres de la tarde y salir a las ocho de la mañana del día siguiente, con la finalidad de que se produjera el mínimo movimiento de trabajadores que salían y entraban en el recinto. La residencia donde trabajo pertenece a la Administración Pública, una de las pocas que quedan en nuestro país, en este caso tutelada por La Diputación Provincial de la cuidad. Desde hace unos cinco años, venimos sufriendo un recorte de personal y medios, mayor del que los trabajadores hubiéramos jamás imaginado. Este es uno de los motivos por los que uno de los días más horribles que sufrí en esta pandemia y que jamás olvidaré, me encontraba totalmente sola como enfermera en mi turno de trabajo.
Desde las tres de la tarde hasta el día siguiente a las ocho de la mañana, tuve que tomar, como enfermera, todas las decisiones que se fueron planteando a lo largo de aquellas 17 horas seguidas de trabajo porque además del problema del covid-19, en la residencia viven muchos usuarios que necesitan y reciben cuidados diarios. Y esos cuidados también tenía que darlos yo.
Aquel día, en el cambio de turno, me comunicaron que en la segunda planta – la residencia tiene cuatro – había dos usuarias sedadas, una en la última habitación del ala derecha y la otra, en la última habitación del ala izquierda. Eran muy mayores y sus familias habían decidido no trasladarlas al hospital para que fallecieran en la residencia, cuidadas por nosotras.
Además de esta novedad, la mitad de los usuarios estaban con fiebre y mucha tos. Teníamos claro que sufrían el covid-19, pero no podíamos enviarlos a todos al hospital. Trasladaríamos, por orden médica, solo a aquellos que empeoraran o que comenzaran a tener serias dificultades respiratorias.
Las P.C.R. aún no habían llegado, pero ya habían fallecido unos 10 usuarios. Además, estábamos a mínimos de personal porque una treintena de compañeros se habían infectado. Los contratos de sustituciones tampoco habían llegado.
A lo largo de la tarde, la familia de una de las usuarias que estaba sedada llamó en varias ocasiones para saber cómo evolucionaba su madre, si estaba sufriendo y demás, preguntas lógicas en esas circunstancias. Yo tenía que atender todas estas demandas, ya que era la única persona que podía dar este tipo de información. Los familiares de la otra usuaria se empeñaban en que la grabáramos con una tableta, porque necesitaban ver a su madre por última vez. En medio de esta situación, yo tenía que preparar la medicación correspondiente a mi turno y vigilar muy de cerca la subida de temperatura de aquellos usuarios que claramente presentaban sintomatología de covid-19. Mientras entraba en una de las habitaciones recordé fugazmente que la única protección que nos habían proporcionado a todos los trabajadores eran mascarillas hechas con tela de sábanas.
Todas las tardes, sobre las siete y media, se produce un momento crucial en una residencia, porque va a comenzar la hora de las cenas. Hay que administrar todas las insulinas e inyectables a los usuarios de las cuatro plantas, realizar algunas curas, aplicar los inhaladores a los que ya estaban enfermos, los antitérmicos a los que les había subido la temperatura, etc. El móvil corporativo que me comunica con las auxiliares de todas las plantas no deja de sonar. Me reclaman por no sé cuántos problemas que están surgiendo en todas las plantas a la vez.
En esos momentos de tensión, fallece la primera usuaria que estaba sedada. No me había dado tiempo a grabarla con la tableta y la familia aún me estaba esperando. Tengo que llamarlos para comunicarles la noticia, y a la vez, encontrar las palabras más adecuadas para que comprendan que aquello, tan importante para ellos, no me ha dado tiempo a hacerlo.
De pronto recibo una llamada del exterior. Es del hospital, no localizan a ningún familiar de un residente que habíamos ingresado tres días atrás y necesitan, por su estado de gravedad, la autorización para sedarlo. Yo soy la única persona que puede hacerlo. El mundo se paraliza entonces. Adoro a ese usuario, mi relación con él en la residencia siempre ha sido muy especial porque él es muy especial. Sé que es lo mejor, que está sufriendo, pero se me hace un nudo en la garganta y me cuesta trabajo continuar.
Murió a las seis horas de sedarlo. Como era de esperar, a mí fue a la primera a la que le comunicaron el fallecimiento.
Al colgar el teléfono, después de hablar con el hospital, me avisan de la segunda y de la cuarta planta a la vez. Dos usuarios, un hombre y una mujer, tienen 40º grados de temperatura. Ambos tienen dificultad para respirar y una tos muy intensa. El hombre es mayor y está demenciado. Ya tenía tratamiento puesto por el médico de la residencia, que le presupuso covid-19, y estaba evolucionando a mejor. La mujer es una usuaria que no había presentado síntomas hasta ese momento. Es autónoma, tiene una buena calidad de vida y me urge enviarla al hospital. Es mi decisión y mi responsabilidad, después avisaré a la familia. Tengo que llamar al centro coordinador de urgencias, comunicarle al médico las constantes y preparar e imprimir toda la documentación de su historia clínica para el traslado. Solo de esta forma me podrán enviar la ambulancia.
Pero necesito también llamar a la familia del otro usuario, porque está cada vez más grave. Es muy mayor y sufre demencia, pero es la familia la que decide si quiere que lo traslademos al hospital o no por su anterior estado de salud. Deciden que lo envíe. Intento hacerlo todo a la vez, pero ahora recibo una llamada de los vigilantes jurados que custodian la residencia. Una furgoneta de una funeraria me espera en la entrada, tienen que hablar con el máximo responsable que en estos momentos haya en el centro. Tengo que dejarlo todo y bajar al recibidor. Se me acerca un señor con una urna de cenizas. Una de nuestras usuarias fallecida e incinerada regresa a la residencia porque sus hijos viven en el extranjero y no pueden venir a recoger los restos de su madre. Firmo la documentación y subo las escaleras con la urna en mis manos. De pronto empiezo a llorar. Yo la quería mucho.
Tras unos instantes, me secó las lágrimas, me recompongo y sigo trabajado. Las dos ambulancias están en la puerta de la residencia. El usuario demenciado se niega a subir a una de ellas. Estoy exhausta, no me quedan fuerzas, pero tengo que seguir, aún tengo mucho trabajo por delante y me comunican que hay más usuarios con fiebre alta y mucha tos. Ya no me quedan concentradores de oxígeno.
A las cinco de la mañana fallece la otra usuaria que estaba sedada y todavía la funeraria no ha podido llevarse a la que falleció primero. Están colapsados, no tienen suficiente personal.
Ya son las ocho de la mañana, comunico las novedades al turno siguiente. Entrego la urna de cenizas al director de la residencia. Llego a casa, lloro en la ducha. Recuerdo todas las cosas que durante tantos años me han contado los usuarios que ahora se están muriendo. Esté no es un final justo para ellos.
Salgo de la ducha, me meto en mi cama, intento dormir y a pesar de la tristeza, sé que he intentado hacerlo lo mejor que he podido.
Una nube oscura, intensa, desagradable nos sigue envolviendo, pero yo tengo que prepararme para mi siguiente turno.

 

Cómo citar este documento
Muñoz Tapia, Adoración. Y ahora seguiremos viviendo. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 24 /09/2020. Disponible en:  http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1773

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