Cuando la soledad no acaricia

“Las enfermeras hemos sido testigos de la esperanza y del desconsuelo y nos hemos convertido en la voz de los que sufrieron en soledad”

Víctor Alfredo Cassini Gómez de Cádiz
Enfermero Referente de Heridas Complejas. Consulta de Dermatología. Hospital Universitario San Cecilio de Granada, Granada, España.

Hace horas que os llamo y no me contestáis. Espera, ¿han pasado horas, días…? ¿Semanas? A saber… Tampoco sé si realmente os estoy llamando porque mi voz ni siquiera resuena en estas cuatro paredes. Y, a pesar de todo, este dolor de garganta… Es todo tan irreal… Cualquier sonido, cualquier grito, tiene siempre la misma respuesta: el silencio. Y el silencio me lleva siempre al mismo lugar: a la soledad. Y la soledad, esta desesperante soledad me lleva a… Bah, qué más dará adónde me lleve; podría seguir así hasta el infinito: encadenando palabras, midiendo emociones, adornando mis pensamientos con adjetivos pomposos como les gusta hacer a los escritores novatos y el resultado sería el mismo: no me movería de esta cama. Esta cama en la que a duras penas vegeto, dejándome hacer, dócil, con indiferencia en ocasiones… inútil las más de ellas. Y es que es duro, joder. Es duro llevar el control de todo y ver al día siguiente cómo te llevan en volandas por la vida con destino desconocido, con todos los tickets posibles en el bolsillo y sin capacidad para elegir cuál utilizar. Porque es así, me siento inútil; inútil para aportar algo a lo único que puedo hacer por mí: sobrevivir. “Dejarse sobrevivir”, curioso concepto; tengo que registrarlo cuando salga de aquí. ¿Cuando salga? Qué cosas digo… “Salir” implica dinamismo, esfuerzo, proactividad…, es decir, todo lo que me falta. Me sobran las ganas, pero me faltan las fuerzas.

Si he de abandonar este lugar, será porque me saquen. Cuando me saquen… de una u otra forma, claro está. Y si fuera de “esa” manera, Marta, no me olvides. No me olvides… Qué bonita flor, hasta tres leyendas tiene. ¿Cómo era aquélla? Piensa, Miguel, recuerda, que mientras recuerdes estás vivo. […] Ah, sí, la del caballero medieval que paseaba junto a su amada por la orilla de un río. Al ver ella la belleza de un ramo de estas flores, le pidió al hombre que se las llevara. Pero él, al agacharse para cogerlas, resbaló y cayó al agua. El peso de la armadura le impidió flotar aunque, antes de hundirse, logró arrojar las flores a su amada mientras le rogaba ”No me olvides” […] Cómo ha cambiado todo desde entonces. Ahora, cuando las mujeres quieren algo, lo cogen ellas mismas. Aunque sea robando, como hacen algunas con los corazones más sensibles. Como cuando no me dejaste más opción que enamorarme de ti. Y aunque el enamoramiento es fuerte, invencible a veces; el amor… ay, el amor es sólido. Como el nuestro. Y es que el enamoramiento se vive en base a idealizaciones; pero el amor se construye sobre realidades. Realidades como los hijos. Nuestros hijos, Marta, que fueron y son nuestras más bellas realidades: Pablo, Isa y Migue. No he pasado mayor sufrimiento en esta cama que el de pensar en la posibilidad de que esta enfermedad me haya robado la oportunidad de despedirme de vosotros; la de no haber podido daros una última lección de vida, como la que me dio mi padre: la de saber partir con serenidad y dignidad. Padres… Qué extraña obsesión la nuestra: educando hasta el último día, aunque no tardemos en darnos cuenta de que ellos, nuestros hijos, nos corrigen a nosotros desde el primero. Y los nietos… ¿tendré en el cabecero alguno de esos dibujos de colores y trazos infantiles como el que un pequeño Pablo le dejó a mi padre y al que se abrazó antes de morir? Si al menos pudiera volver la cabeza para comprobarlo… Venga, Miguel, no permitas que esto te vuelva un ñoño, que tú nunca… “No me olvides”… Sí, la idea es manida de narices, pero si es manida lo será por cierta, digo yo, porque en realidad el recuerdo es el único consuelo que nos queda para combatir el miedo ante la muerte; es la esperanza de seguir vivos en la memoria de quienes se quedarán al otro lado. Porque sí, Miguel, mientras recuerdes estás vivo, pero también lo estarás mientras permanezcas en el pensamiento de alguien. De no ser así, la visión de la muerte se hace aún más insoportable: es la muerte multiplicada por dos. La visión de la muerte… Es lo que escribió aquél: ni el Sol ni la muerte pueden mirarse frente. Pues aquí estoy, de frente a esta luz que ya no sé si es Sol, Muerte, Vida o el puñetero foco del techo. Menuda tortura. Como la de aquella tarde, supongo que en plena borrachera de sedantes, en la que creí que estos tipos de blanco me habían secuestrado para experimentar conmigo. Pobres, si supieran lo que llegamos a pensar de ellos mientras no hacen otra cosa que jugársela por nosotros… Si al menos pudiera mirarles a los ojos, leérselos… Si alcanzara a observar la expresión de sus caras cuando se acercan a mí, ya fueran de cariño, compasión, cansancio, miedo o asco, entonces esto me parecería menos impersonal. Igual hasta podríamos ayudarnos mutuamente. Pero qué le vamos a hacer: la supervivencia obliga.

La supervivencia… Mira, chico, piensa al menos que lo que no mata… une. Siempre supiste sacarle partido a la adversidad, y si hay algo para lo que esto puede servirte es para unirte más a la vida. Si me sacan, claro… Como vosotros, porque repetir vuestros nombres es lo que más me ata a esta perra vida: Pablo, Isa y Migue; Pablo, Isa… Migue. ……………………………………………………………………………………………………………

No sabemos ni sabremos nunca qué le ocurrió a Miguel: quizás sobrevivió y salió del hospital o, como él pensaba, le sacaron, entre saludos y aplausos de enfermeras vestidas de forma impecable para la ocasión, imágenes de consumo para las televisiones que, con sus prisas, pocas veces hablaron de que el agradecimiento más sincero se lee en la mirada y de que el trabajo más generoso se hace en silencio, desde el corazón y con el pijama manchado de sudor. Tal vez murió de la mano de la enfermera que se conmovió con el agotamiento de su respiración; igual fue enterrado con más miedo que dolor por tres familiares, y a lo mejor su vida y su muerte se presentaron como un número más en rueda de prensa, manipulados a continuación por unos u otros en función de sus respectivos y despreciables intereses. De igual modo, desconocemos dónde se encontraba; si en una Unidad de Cuidados Intensivos, en una Sala de hospitalización… o abandonado a su suerte en una Residencia de Ancianos.

Tampoco sabemos si algo de lo que se ha relatado en este formato de monólogo interior formó parte de los pensamientos que hayan podido ocupar la mente de alguna de los cientos de miles de personas que padecieron y siguen padeciendo la enfermedad, pero sí tenemos la certeza de que a lo largo de esta pandemia, Enfermería, además de ser una vez más partícipe de la eterna lucha entre la Vida y la Muerte, encontró nuevos sentidos a su profesión: ser el nexo entre la realidad y la ficción, la conexión entre el mundo consciente y el inconsciente, el vínculo entre dos calvarios: la desolación del enfermo y la agonía de quienes les esperaban, siempre demasiado lejos; ser testigos directos de la esperanza y el desconsuelo o, como en este caso, convertirse en la voz de los que sufrieron en soledad.

Cómo citar este documento
Cassini Gómez de Cádiz, Víctor Alfredo. Cuando la soledad no acaricia. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 04/09/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1622

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1 comentario en “Cuando la soledad no acaricia

  1. Conexion entre el mundo consciente y el inconsciente, vínculo entre dos calvarios, testigos directos de la esperanza y el desconsuelo… cierto querido Víctor.

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