En tiempos de distancias largas, cuidados de distancias cortas

“Nuestros cuidados han sido un bálsamo frente a la desesperanza y la reclusión imperantes”

Elena Martín Felipe.
Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Santa Cruz de Tenerife, España.

“Por los que hacen del trabajo sucio la labor más hermosa del mundo y pintan de azul la oscuridad” Vetusta Morla La vida quedó congelada un día del pasado mes de marzo. Lo vimos, desde nuestras ventanas, también en los telediarios, en las redes sociales. Contemplamos cómo se fueron vaciando las calles, las plazas, los parques, cómo se cerraban los bares, las tiendas, los cines, al mismo tiempo que los hospitales se iban abarrotando hasta desbordarse, con unos servicios de Cuidados Intensivos y de Medina Interna de repente sobrepasados, con un trasiego continuo de pacientes que eran desalojados y reubicados en otras plantas para dejar liberadas aquellas que se llenarían con personas sospechosas o contagiadas por el Covid-19, y con un personal sanitario que no se rendía, pese a los obstáculos en forma de falta de material de protección o escasez de profesionales, y luchaba en primera línea dejándose la piel (y lo sigue haciendo a día de hoy). Yo trabajo como enfermera en un hospital y he sido testigo de cómo la emergencia sanitaria provocaba tal colapso, tal sobrecarga de trabajo. Aunque, si bien es cierto, que desempeño mi labor asistencial en una unidad en la que no se han atendido a personas afectadas por el Covid-19, este dramático episodio ha salpicado, en mayor o menor medida, a cada uno de los servicios que conforman el hospital y a cada uno de sus integrantes, desde el personal de limpieza al colectivo médico, pasando por, claro está, las propias personas hospitalizadas y los familiares que las acompañan.

Por medio de esta narrativa se persigue visibilizar los lazos que las profesionales de enfermería hemos ido tejiendo entre las personas ingresadas y sus familias, así como los cuidados silenciosos, aquellos que no se ven, que no se valoran, que han tenido lugar en el momento más duro de la pandemia, cuando el “alejamiento” era la norma. Ha sido fruto de la reflexión acerca de la experiencia de soledad de las personas convalecientes en el hospital por patologías distintas a la infección provocada por el coronavirus SARS-CoV-2 como consecuencia de la prohibición de visitas durante el reciente período de confinamiento, convirtiéndose las mismas, junto con sus familiares, en víctimas colaterales del famoso patógeno. Así, a lo largo de estos meses terribles donde el estrés y el miedo se han propagado a una gran velocidad, colándose en cada esquina, en cada recoveco del recinto hospitalario, estas personas han tenido que enfrentarse a una intervención quirúrgica urgente, a un diagnóstico inesperado, a un pronóstico incierto, a un tratamiento prolongado, sin la presencia de un ser querido a su lado. Si en el hospital, ya de por sí, el aislamiento es una sensación común entre sus “inquilinos”, en estos tiempos de coronavirus, marcados por el confinamiento y las distancias, el sentimiento de soledad para estas personas se ha multiplicado al cuadrado.

Un día de marzo, al comienzo de la actual situación de emergencia sanitaria causada por el Covid-19, una de las medidas que se tomaron para frenar la curva de contagios fue la restricción de las visitas en el hospital, de modo que los familiares que acompañaban a sus seres queridos mientras permanecían ingresados desaparecieron de las habitaciones, de los pasillos y de las salas de espera, dejando de formar parte del paisaje humano del hospital, pues, con la tristeza dibujada en sus rostros, se vieron obligados a abandonar a los suyos en ese entorno extraño e impersonal, temerosos de su devenir, pero con la resignación de que separarse de los que más querían valdría la pena para todos. A partir de ese día, la única manera que poseían para obtener noticias sobre su familiar hospitalizado era a través de las llamadas telefónicas que realizaban desde su hogar al hospital. Llamadas a primera hora de la mañana, también al mediodía o al final de la tarde. La espera era lo de menos, con tal de tener algo de información, por mínima que fuera, acerca de su ser querido (“¿Durmió bien anoche?”, “¿se queja mucho?”). El tono de sus voces dejaba entrever la desazón por no poder estar ahí dándole compañía y consuelo, también la angustia porque su estado de salud se agravase o porque no comiera como es debido (“es que con ustedes no come igual”), además del omnipresente miedo a que se contagiara por el “dichoso bicho”, sobre todo en el estado de vulnerabilidad y dependencia en el que se encontraban muchos de ellos.

A pesar del desasosiego y la tristeza que sentían por la situación de su familiar, siempre mostraban interés por nosotras (“¿cómo están?”, “cuando veo las noticias, me acuerdo de ustedes”) y nunca en sus llamadas faltaban palabras de agradecimiento para todo el personal de enfermería que cuidaba de sus familiares (“muchas gracias por todo lo que están haciendo”, “lo que están haciendo, no se puede pagar”). Incluso, algunos de ellos tuvieron detalles que permanecerán en nuestra memoria, imborrables, como la pancarta con nuestros nombres que colocó en su balcón la mujer de uno de nuestros pacientes. No sólo por los mensajes de cariño y reconocimiento, que se agradecen hasta el infinito, mis compañeras y yo hemos echado de menos a las familias que cuidan de sus familiares en el hospital. Es más, en el transcurso de estos meses dominados por la preocupación y la incertidumbre, no hemos dejado de pensar en ellas y en sus cuidados invisibles, al contrario, hemos otorgado un gran valor a su ayuda, a su presencia, cada vez que faltaban brazos, manos, para dar de comer y asear; cada vez que faltaban horas, minutos, para conversar con ellos y transmitirles esas palabras de ánimo que eran un lugar donde refugiarse en esos días; cada vez que faltaba paz, tranquilidad, porque todo era caos y confusión, y temíamos por nosotras, por ellos, cuando los medios eran escasos, cuando los protocolos cambiaban, y en ellos también se instalaba la inquietud, el temor, y había que darles seguridad, confianza, haciendo de tripas corazón, para amortiguar el derrumbe, aplacar el declive, que los acechaba, y no sólo porque el temido virus los rondara, nos rondara, en cada rincón, impasible. En esas circunstancias, para hacer frente a la necesidad de apoyo y arrope de los pacientes, ante la ausencia de la familia en el entorno hospitalario, el personal de enfermería ha dado muestras de su humanidad y proximidad.

De manera que para vencer a la soledad y a la monotonía que se habían adueñado de sus vidas, para romper con su rutina de cifras y más cifras de contagios que vomitaba día tras día la pantalla del televisor, las enfermeras y las auxiliares de enfermería, aquellas que hemos estado y estamos a pie de cama, además de administrar medicación, bañar o curar una herida, hemos sacado tiempo para prestar otro tipo de cuidados, que pueden resultar minúsculos, insignificantes, pero que se han convertido en imprescindibles en estos “tiempos de guerra”. Esos cuidados hechos a distancias cortas en estos tiempos de distancias largas no han implicado grandes complejidades técnicas ni actos heroicos, sin embargo, han sido un potente bálsamo frente a la desesperanza y la reclusión imperantes, materializándose en pequeñas acciones, en simples gestos, como mostrar acompañamiento y presencia aunque el contacto físico fuera limitado y la mascarilla no dejara ver una sonrisa; como mantener los lazos con sus seres queridos a través de las videollamadas que, pese a la lejanía, les han permitido entrar en sus hogares y sentir cerca a los suyos; como promover el entretenimiento y la evasión mediante la lectura de libros o revistas que les hemos proporcionado; como fomentar el optimismo por medio de dibujos que hemos pegado en las paredes de sus habitaciones con el fin de que llenaran de color esos espacios grises como las semanas que estábamos viviendo; y por supuesto, como participar en los emocionantes aplausos de las siete de la tarde (les escribo desde Canarias, de ahí lo de la hora menos) cuando en ese momento mágico del día abríamos de par en par las ventanas de sus habitaciones para que éstas se inundaran de música que llegaba desde altavoces lejanos donde se entremezclaban el Resistiré del Dúo Dinámico con el pasodoble Islas Canarias, de voces que gritaban mensajes de ánimo, de las sirenas de los coches de policía, del sonido reconfortante de las palmas, en definitiva, del calor de los otros, que como ellos, como nosotras, deseaban que esa pesadilla acabase y poder reencontrarse con todas aquellas personas de las que tuvimos que distanciarnos un día de marzo.

Dibujo para una habitación

Nombres de las enfermeras. Dibujo realizado por una familiar.

Cómo citar este documento
Martín Felipe, Elena. En tiempos de distancias largas, cuidados de distancias cortas.Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 13/07/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1575

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