Y un día, todo cambió

“La Enfermería ha demostrado que puede con los cambios, que se hace fuerte en los malos momentos”

Mª Ángeles Rivera Vizcaíno
Enfermera. Servicio de Urgencias. Hospital Universitario Virgen del Rocío, Sevilla, España.

Trabajando en unas urgencias de un hospital de tercer nivel con profesionales muy  experimentados y bajo la presión asistencial de 400 pacientes diarios de media, habiendo vivido el SARS Co-v, el MERS, pinceladas de Ébola y la reciente crisis de Listeria, el brote epidémico de un coronavirus en la lejana Asia cuanto menos era poco importante. Los casos iban aumentando y acercándose, pero no la preocupación colectiva ni sanitaria, era una gripe más con escasa letalidad y los datos reportados por el país de origen quizás poco fiables. Llegó febrero y con él una Italia afectada, pero nuestras vidas y el trabajo no cambiaron, incluso seguíamos planificando fiestas primaverales y vacaciones de verano. En urgencias estábamos dando los últimos coletazos al periodo de “alta frecuentación” invernal y fuimos advertidos de la posibilidad de que apareciesen pacientes con síntomas respiratorios, a los que habría que interrogar por viajes recientes a zonas afectadas y disponerlos en sala separada. El 20 de febrero se confirma el primer caso en el HUVirgen del Rocío, ahora si le poníamos nombre, la Covid19.

Fue en esta situación cuando los profesionales de Enfermería, en la primera línea de recepción,acogida y clasificación de pacientes, toma consciencia y actúa aún sin mucha información y sin protocolos establecidos. Comenzamos a protegernos con distancia, limpieza obsesiva de superficies y de aparataje con lejía diluida y mascarillas que en un principio no abundaban, pero que colocábamos a todo aquel que decía toser y a nosotros mismos. No podíamos alarmar a la población pero la incertidumbre y el miedo individual, normal en cualquier persona ante algo desconocido, hizo que estas medidas precoces nos salvaran de lo que vendría después. No tardaron mucho en aparecer los primeros protocolos organizativos de la unidad, los ya tan instaurados circuitos diferenciales Covid y No Covid, circuitos que han modificado por completo la fisionomía de las urgencias, tan cambiantes diaria, estructural y funcionalmente, siempre atendiendo a la carga asistencial. Ir a trabajar al hospital se convirtió cada día en una sorpresa, no sabías cúal sería el escenario que te ibas a encontrar. Fue difícil hacerse cargo de unas urgencias por donde llevamos años moviéndonos libremente y que quedaran limitadas en función del circuito donde te tocara trabajar, líneas invisibles que no podías cruzar, ni puedes, y que enfermería ha respetado por encima de todo viendo la repercusión que un aislamiento nos beneficiaría, cual muro de Berlín entre compañeros y amigos. Esta separación de pacientes por sintomatología se iniciaba en la puerta de entrada con admisión diferenciada, salas de esperas alejadas entre sí y consultas dispuestas en áreas distintas dentro de las misma zona. Esto conllevó a que otros servicios y especialidades, como el de radiología, se adaptaran y hubiera cabinas de rayos para pacientes con sospecha o no de Covid incluso en el edificio adyacente o planta superior, para evitar coincidir. Los aseos, las áreas habilitadas como comedor, las zonas de paso, en definitiva las más sencillas acciones diarias había que aprender a localizarlas e integrarlas en nuestra rutina. Se hizo y la prueba está que sirvió. La nueva organización no atendía a comodidades, requería una máxima concentración tanto física como mental durante todo el turno laboral, donde la no contaminación siempre fue la máxima a conseguir. Eso suponía trabajar con unos equipos impermeables (batas plásticas), mascarillas FFP2 y quirúrgica cubriendo la primera, dobles guantes, mucho hidroalcohólico y pantallas faciales. Todo este vestuario de protección sumado a la tensión que supone enfrentarse a algo desconocido y a los miedos personales, no tanto por uno mismo sino más por la familia con la que más tarde vas a convivir, y simplemente pensar ser el vector de contaminación es una culpa que ningún sanitario puede asumir, y todo hace que la temperatura corporal suba a niveles insoportables para trabajar. Si hablamos a nivel de personas, la situación se antojaba dura. No por ser sanitario somos más fuertes ni tenemos menos miedo, yo diría que incluso podemos tener más porque sabemos reconocer riesgos que la población desconoce. No somos héroes, pues claro que no. Somos profesionales en su mayoría de vocación y quien inventara esa analogía con nuestra profesión es que no nos conoce. Se dividieron equipos, parejas de trabajo largamente establecidas y muy eficientes, formas de trabajar con rotaciones diferentes para distribuir la carga de trabajo, el tiempo de exposición y el inevitable riesgo, y todo para parar algo intangible nunca antes vivido y con resultados infructuosos en un principio. Luchamos contra nuestros miedos y presiones traídas de casa y lo unimos a las emociones que proyectan nuestros compañeros, y las relaciones se vieron en un principio afectadas. También es cierto que la irascibilidad, temor , angustia y ganas de llorar a veces, se compensaba con el apoyo emocional entre compañeros, el trabajo en equipo que se hizo más fuerte si cabe y la esperanza de que todo iba a salir bien, y pronto, fue el salvavidas para sobrellevarlo.

Sólo ha habido algo en la pandemia que me haya superado hasta límites para mi desconocidos. El sentimiento de soledad de todos y cada uno de los pacientes y familiares que atravesaban esas puertas de clasificación en el circuito respiratorio/covid. Es indescriptible la sensación expresada en sus caras, verbalizada a veces e incomprendida casi siempre. El temor del paciente, el miedo a lo desconocido y al desenlace sin el apoyo, el abrazo y palabras de consuelo de tu ser querido. Y el abatimiento del familiar que cabizbajo se aleja y se resiste a ir a casa aún sabiendo que será informado de la evolución. Somos una sociedad hecha a base de roces, cercanía y super familiar y no aceptamos la soledad en los momentos difíciles y en la situaciones de últimos días. Me he visto y a muchos compañeros también, pasando información y ejerciendo de enlace con familiares, sonriendo y dando apoyo a personas mayores en la sala de espera, y dando consuelo y esperanza a quienes se quedaban fuera, aún cuando sentía que no era justo. Ha sido y sigue siendo para mi lo peor de esta crisis sanitaria, un punto que se debería poder mejorar y que se llegase a considerar que el acompañamiento fuese casi tan importante como las pruebas y los tratamientos para superarla.

La Covid19 ha hecho aflorar en la sociedad un sentimiento solidario superlativo para con sus ciudadanos y especialmente con los sanitarios. Hemos sido agasajados con los aplausos diarios recibidos con alegría en las puertas de las urgencias, también con todo tipo de alimentos y regalitos varios, que nos decían que no se olvidaban de nosotros, y que hemos agradecido enormemente y nos han traído muy buenos ratos. Pero realmente quiero destacar esa preocupación por nuestra seguridad y protección individual. Los primeros compases de esta crisis los vivimos con la escasez de materiales propia de una previsión inadecuada a una crisis de magnitud inimaginable. Disponer de batas impermeables, mascarillas y pantallas faciales eran nuestro campo de batalla y se recurrió a lo que había más a mano, bolsas plásticas para Epis rudimentarios de usar y tirar, acetatos de carpetas para protegernos los ojos. Pero muy pronto surgió el espíritu altruista de allegados y desconocidos, que con sus conocimientos, impresoras 3D y materiales nos inundaron de pantallas más o menos sofisticadas, batas plásticas donadas por particulares, asociaciones y hermandades, y por último aparecieron los salva-orejas para alivio y comodidad del sanitario que lleva puesta la mascarilla tantas horas por turno. Somos un país altruista y lo sabemos muy bien porque encabezamos las donaciones de órganos a nivel mundial, pero en situaciones como la que nos está tocando vivir es cuando se ve con satisfacción los sentimientos y capacidad de ayuda que esta sociedad puede desarrollar. Gracias.

Quería resaltar que la plantilla del servicio de urgencias generales del adulto no ha sufrido la enfermedad, salvo algún caso puntual y de forma leve. Pienso que ha sido consecuencia de nuestro buen hacer, por las medidas tomadas precozmente antes incluso de los elaborados protocolos y circuitos, nuestra profesionalidad respetando las medidas básicas y por qué no, un poquito de suerte igual también tuvimos. Esperemos que en un no deseado rebrote en el futuro, respondamos igual o mejor y con los mismos resultados. La Enfermería ha demostrado que puede con los cambios, que se hace fuerte en los malos momentos, resiste y se acomoda a las nuevas circunstancias e incluso saca el humor para hacer más llevadera las situaciones difíciles.

Cómo citar este documento
Rivera Vizcaíno, Mª Ángeles. Y un día, todo cambió. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 09/06/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1456

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