No estamos bien.

“He roto el frenético vórtice de ilusiones y obligaciones que os impedían mirar al cielo”

Andrea Monge Quinta
Estudiante de Enfermería. Centro Universitario de Enfermería San Juan de Dios, Sevilla, España.

3 de marzo de 2020. La alarma suena a las 6:15h. 5 minutitos más… Quizá 10… Esto de dormir 4 horas diarias no puede ser sano. Las 6:27h. Te has vuelto a dormir. Corre. La cama. El pijama. Los zuecos. Cuadernillo de firmas. Bolis. “¿Dónde los puse ayer?” No llegas. Café. ¿Por qué el microondas calienta tan lento? Tostadas… no, mejor no. No te da tiempo. Solo café. ¿Lo llevas todo? Goma para el pelo. Corrector de ojeras. Mucho corrector de ojeras. 6:54h. En cinco minutos tienes que salir. ¿Has cogido algo para desayunar en el hospital? Una pieza de fruta irá bien. Al coche. ¡Rápido! Arranca. Un pitido. La gasolina. ¿Por qué no echaste ayer? 7:02h. Corre a la gasolinera más cercana. Date prisa. Cómo no, te toca el más lento del pueblo delante. Vale, bien, ya estamos, tranquila, tranquila… “Sin plomo 95, por favor. Gracias”. Venga, venga… ¿ya son las 7:10h? Arranca de nuevo. Ya deberías ir por Bellavista. El reloj avanza sin piedad. Te cogerá atasco. Todos los semáforos en rojo. Miras las caras de los demás conductores. Tan ojerosos como tú. Cansados. Y sin saber que sería tu último día haciendo ese camino hacia el hospital, seguías conduciendo. Tiro de línea, por fin. Busca aparcamiento. 7:37h. Sigue buscando. ¡Aquí! Aparca, rápido. Coge tus cosas. 7:51h. Aligera el paso. Tienes exactamente 9 minutos para llegar al hospital. Mientras caminas a grandes zancadas revisas WhatsApp. 23 conversaciones pendientes. “Esto es importante”. “Nunca lees los grupos”. “Responde, porfi”. No tienes tiempo de contestar todos los mensajes. Cuando salgas de las prácticas… sí, tienes que ir al Seminario del Prácticum. Tienes que seguir con el TFG. El martes tienes que entregar el siguiente informe de seguimiento. Tienes que estudiar con tu hermano. Tienes que prepararte ese trabajo extracurricular. Tienes que, tienes que, tienes que, tienes que. ¡Por fin en el hospital! Sube corriendo las escaleras. 7:01h. Bien. Despacho de la tutora. Firma. Sube. Cámbiate. Con desgana, te pones ese pijama blanco que te ha acompañado en los mejores años de tu vida. Con el que tantas aventuras has vivido. Con el que cogiste tu primera vía, con el que hiciste tu primera cura, con el que por primera vez, agarraste la mano de una persona a punto de morir, con el que abrazaste a pacientes que se iban de alta tras largos meses ingresados, con el que descubriste tu vocación y con el que diste sentido a tu vida.

Ignorante de que nunca más volverás a engancharte la tarjeta de estudiante en el bolsillo, coges tus bolis de colores y te diriges a la unidad 2. Las horas de prácticas pasan rápido con tanto trabajo. Aprovechas el viaje al baño para escribir a tu novio: “siento estar tan ausente, amor, no hemos parado aún”. Otro día que no te da tiempo de ir a desayunar. Tu estómago protesta. Tus piernas también. No te has sentado en toda la mañana y como todos los días, piensas que deberías comparte unas medias de compresión. Las 14:30h. “Ojalá la enfermera de hoy me deje irme antes”, piensas. No obstante, si hubieras sabido que ese sería tu último día de prácticas tuteladas, querrías haber apurado hasta el último minuto. Ya estaba todo hecho. La medicación de las 15h, preparada. Nada pendiente. Estos 30 minutos se te hacen eternos. Ahora las manecillas del reloj avanzan más lentas. “¿Y si cojo el móvil?” Todos están pegados a sus pantallas. Venga, ya son menos 10. “Veamos qué se cuece en Instagram”. Story de coronavirus. Coronavirus. Coronavirus. Más coronavirus. Las redes sociales están llenas de memes. “Seguro que esto es un virus que ha soltado un laboratorio para hacer limpieza, selección natural se llama esto”, oyes decir a una enfermera mientras mira su teléfono. “No creo que llegue aquí”, dice otra. “Es culpa de los chinos, por comer cosas raras”, resopla el auxiliar.

Por fin vas camino a casa. Ya va haciendo calorcito… Esperas con ansias que llegue el sábado para poder tener el tiempo para ti. Y así, entre los “tengo que” y los “qué ganas de”, van pasando los días. Como todos los días, te pilla atasco, y lo que debería ser un momento de relax en el coche, se convierte en otro momento de estrés. Las 15:42h. “Ya podría estar comiendo”. “Pero si yo me quería poner con el TFG a las 16:00h”. “No me da tiempo”. Las 15:46h. Se te está haciendo eterno. Y qué calor hace en el coche. El aire acondicionado no funciona. Pero no puedes permitirte llevarlo a arreglar y quedarte sin coche. Las 16:23h. ¡Al fin en casa! Coincides con tu padre. “Niña, tú que estás allí en Virgen del Rocío, ¿sabes algo del virus?”. No le das mayor importancia. ¡Qué equivocada estás! “Tenemos habitaciones reservadas por si viene algún caso, pero seguro que aquí no llega”, tranquilizas a tu padre. Pasas la tarde ocupada, imaginándote qué bueno sería tener entera disponibilidad para tus trabajos. Pero no sabías que ese día ocurriría algo sin precedentes, algo que cambiaría tu último año y el de tus compañeros. Aquella noche, los estudiantes de Enfermería recibisteis un mensaje que jamás olvidaréis: “se suspenden las prácticas clínicas”.

En un primer momento recibirías la noticia con cierta alegría. “Por fin tendré tiempo para avanzar en mi TFG”, pensabas. “Durará dos semanas como mucho, quizá tres…”, te decía tu amiga por audios. Aún no sabíais lo que se os venía encima. Lo que ayer era motivo de risas y bromas, lo que pensabais que nunca ocurriría aquí, se estaba conviertiendo en una película de ciencia ficción. Estado de alarma, confinamiento, muertos, histeria, pánico, estanterías de mercados vacías, alacenas a rebosar, distanciamiento social. En la televisión usaban términos que pensabas que la población nunca se vería obligada que conocer: solución hidroalcohólica, FFP1, FFP2, carga viral… Lo que antes eran memes en redes sociales se acababa de convertir en la pesadilla del mundo entero. Y de esta forma, yo, la COVID-19, cambiaría vuestras vidas para siempre. Vuestra forma de relacionaros. Vuestra forma de ver el mundo.

Ahora, parad. No hagáis nada. Ya no es una sugerencia. Es una obligación. Estoy aquí para abriros los ojos. A esta montaña rusa supersónica se le han acabado los raíles y no puede seguir avanzando. Basta de aviones, de trenes, de escuelas, de universidades, de centros comerciales, de conferencias, de reuniones. He roto el frenético vórtice de ilusiones y obligaciones que os impedían mirar al cielo, contemplar las estrellas, escuchar el sonido de las olas mar, dejaros arrullar por el canto de los pájaros, rodar por el césped, oler una flor, respirar en la montaña, dedicaros tiempo a vosotros mismos. Lo siento. No podéis jugar a ser Dios. Vine a daros este mensaje: no estamos bien. Ahora que por fin has parado, ¿lo ves? No estamos bien. El año pasado, las tormentas de fuego que acabaron con los pulmones de nuestro planeta no os pararon. Tampoco lo hicieron el derretimiento de los polos. Ni el hundimiento de vuestras ciudades. O el saber que sois los únicos responsables de la sexta extinción masiva. No escuchasteis el mensaje que vuestro hogar os estaba mandando. Pero claro, es difícil escuchar cuando estás tan ocupado luchando por trepar cada vez más alto, y más alto, y más alto, el andamiaje de lo que esta sociedad espera de ti. Ahora nuestros cimientos se están desmoronando. Se están colapsando bajo el peso de vuestros deseos de ciencia ficción. Yo os ayudaré a entenderlo. Encenderé las tormentas de fuego dentro de vuestros cuerpos. Inundaré vuestros pulmones. Os aislaré como un a un oso polar que se aferra a un iceberg que se derrite.

¿Me escucharéis? No estamos bien. No soy vuestro enemigo. Soy un mero mensaje. Ahora tenéis que escucharme. Os estoy gritando que paréis. Ahora, alzad la vista al cielo. ¿Cómo está? Ya no hay más aviones. ¿Qué más necesitas para disfrutar del oxígeno que respiras? Mirad a los océanos. ¿Cómo están? Mirad a los ríos. ¿Cómo están? Mirad a la tierra. ¿Cómo está? Ahora miraos a vosotros. ¿Cómo estáis? No podéis estar sanos en un ecosistema enfermo. Parad. Dejad que os hable. Aprended a sonreír a través de la mascarilla, con vuestros ojos. Os ayudaré. Si estáis dispuestos a escuchar. Con el paso de los días, esa estudiante acabó echando de menos levantarse a las 6:00h de la mañana. Echó de menos el camino al hospital e incluso los semáforos en rojo. A la chica tan simpática de la gasolinera, ir a la Universidad por las tardes… Ir al supermercado sin miedo. Las estanterías llenas de víveres. Ver a sus amigas. Besar a sus abuelos. Pasear de la mano de su pareja. Salir sin motivo alguno. Andrea no disfrutó de sus últimos días de prácticas. Los pasó pensando en el mañana en vez de en el ahora. Si pudiera volver tres meses atrás… sé que disfrutaría de cada minuto vivido. Porque todo se vive con más intensidad cuando sabes que es la última vez que lo vas a hacer. El último beso. El último abrazo. Os ayudaré a valorar las pequeñas cosas, para no tener nunca más ese sentimiento de no haber disfrutado.

Cómo citar este documento
Monge Quinta, Andrea.  No estamos bien. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex], 27/05/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1415

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