¿Pero es lo peor?

“Otros seres vivos mas afortunados se han beneficiado del silencio de las calles, parques y bosques, haciéndoles salir de sus escondites”.

Julia María Naranjo Perea
Estudiante de Enfermería. San Juan de Dios Bormujos, Sevilla, España.

Nunca pensé que a mis 26 años podría vivir una pandemia como las que sufrieron nuestros antepasados, hace ya un siglo. Con la pandemia de 1918-1920 causada por el virus de la gripe, denominada la gripe española, fueron más de 40 millones de personas en todo el mundo los fallecidos, concretamente en España más de 8 millones de infectados y 300.000 las personas que perdieron la vida. En septiembre de 2019, el verano por fin había acabado y el último curso de enfermería por fin había llegado. Era tanta la ilusión puesta por todos los compañeros en realizar los últimos ocho meses de practicas en los distintos servicios del hospital y atención primaria, los últimos momentos que nos definirían como los futuros profesionales de enfermería que con la llegada del tan esperado año nuevo e inicio del segundo cuatrimestre del curso, todo cambio de forma tan brusca e inesperada que, cegados por la ignorancia y la confianza en nuestros políticos, no fuimos capaces de verlo llegar.

En diciembre de 2019, recibíamos noticias procedentes de China a cerca de un virus desconocido que afectaba a gran parte de la población siendo los ancianos y personas con patologías de riesgo, las mas afectados y los que mayor mortalidad presentaban. En los comienzos no se le dio la importancia debida. En ningún momento vivimos conscientes de la realidad. Hacíamos burla o comentarios banales que corrían por todas las redes sociales, pues se creía que se trataba de otra gripe de tantas estacionales, y sin darnos cuenta, en silencio acechaba a la a nuestra población mas vulnerable, nuestros abuelos y enfermos. La epidemia cruzó fronteras extendiéndose a países de otros continentes, entre ellos Europa, transformándose en una pandemia. Las mayores preocupaciones se fundaron cuando comenzamos a recibir noticias sobre Italia, y su creciente aumento de casos positivos y fallecimientos, y su correspondiente saturación del sistema sanitario que llevo al gobierno a decretar el estado de alarma en el territorio. Y el 13 de Marzo del 2020 nadie pensaría que el Gobierno decretaría aquí el estado de alarma obligando a todos los ciudadanos españoles a permanecer confinados en el domicilio, cerrando el país. Los comercios, los restaurantes, los bares, las tiendas, incluso los parques, colegios y universidades cerraron, y todas las calles de la ciudad se invadieron de silencio.

La sensación que se podía percibir al salir al patio o al asomarse a la ventana era de vacío y de un silencio absoluto que invadía las calles, como si de una película de terror se tratase. Al principio creíamos que el confinamiento solo duraría uno pocos días, unos quince, pero con el paso de las semanas empezamos a comprender que sería mucho más el tiempo que pasaríamos escondidos en nuestras casas sin poder tener contacto con el exterior, salvo aquella información que nos llegaba desde los medios de comunicación. Los números de infectados y fallecidos crecían por cientos por días y el miedo con ellos. Una de las noticias que llegaban hablaban de la carencia de profesionales sanitarios para poder hacer frente a esta pandemia debido al aumento tan rápido y desproporcionado de infectados tanto de civiles como de los mismos sanitarios, caían como moscas. Los sentimientos que me producían ser espectadora de estas noticias eran de impotencia y rabia, puesto que mi mayor deseo era poder estar ahí cooperando con mis compañeros en esta lucha y no estar al margen o “protegida´´ en casa. Deseaba poder ser una luchadora más en el campo de batalla. Pero esto era imposible. Pero con el paso de las semanas, el confinamiento cada vez se nos hacía mucho más pesado y desesperante. Echábamos de menos nuestra rutina diaria, salir a la calle a pasear o hacer deporte y el pasar tiempo con amigos y familiares. Aunque eso no era lo peor. La incertidumbre, cada vez se hacia más grande.

Surgían dudas sobre cuando y como superaríamos esta crisis, y que es lo que vendría después. Con el mundo laboral detenido durante casi tres meses eran muchos los ciudadanos que se han sumado al paro cada día, y las familias que necesitaban donaciones de alimentos para poder alimentar a sus hijos. Pero esto tampoco es mucho peor. Peor es el elevado número de fallecidos que ha dejado este intruso conocido como Covid-19. Son muchas las personas mayores, abuelos, padres, hijos, incluso sanitarios (médicos y enfermeros/as) y guardias civiles implicados en la protección de los ciudadanos, que nos han dejado sin poder despedirse de sus familiares. La única mano que sujetaron y el único consuelo que pudieron recibir fue la de un enfermero/a desconocido. Pero peor es el sentimiento de abandono por los familiares que no pudieron despedirse. Aunque otros seres vivos mas afortunados se han beneficiado del silencio de las calles, parques y bosques, haciéndoles salir de sus escondites.

El coronavirus ha dejado imágenes en todo el mundo de como los animales han tomado las calles vacías. En estos días he podido oír mas pájaros cantando y volando por las calles debido a la disminución de contaminación acústica y gaseosa, y visualizado noticias y videos que llegaban desde las redes sociales de animales que entraban en las ciudades a curiosear o alimentarse, incluso acompañados de sus crías, atraídos por el silencio, y sin miedo a ser atacados; patos por los canales de Venecia, jabalíes por las calles de Cáceres y Badajoz, cientos de conejos en el parque del Alamillo de Sevilla, etc. La naturaleza cobraba camino mientras el verdadero depredador, el hombre, permanecía escondido en su guarida.

El confinamiento debería poder servir para aprender a utilizar la empatía y la generosidad y para valorar todo aquello que tenemos por lo que somos afortunados y no somos capaces de verlo, nuestra familia. También debe servirnos para reconocer y valorar el gran trabajo y sacrificio que nuestros profesionales sanitarios de los que pronto formaré parte, y nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado (policías naciones y guardias civiles) hacen cada día por todos los ciudadanos, que en muchas ocasiones injustamente criticamos y juzgamos por sus acciones, cuando en estos meses muchos han dejado lateramente la vida por la lucha contra la pandemia del Covid-19.

Cómo citar este documento
Naranjo Perea, Julia Mª. ¿Pero es lo peor? Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex], 23/05/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1358

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