Un cuarto año diferente.

“Es necesario que pensemos en el bien común antes que en el bien individual para conseguir el cambio que nuestra sociedad”

Maria del Mar Cala Vázquez
Estudiante de Enfermería. Centro Universitario de Enfermería San Juan de Dios, Bormujos, Sevilla, España.

Septiembre de 2020, empieza el último año de carrera, y piensas: “me espera un año duro y largo, pero merecerá pena, estoy cerca de cumplir mi sueño…”. Comienzas a planear el tan esperado viaje fin de carrera, con destino a Punta Cana, paraíso del que disfrutaremos durante una semana y que se convertirá en inolvidable. También son importantes los preparativos para el acto de graduación, coges cita para hacerte la foto de la orla y disfrutas más que nunca tus últimos rotatorios de prácticas… Van pasando los meses, el curso avanza de manera normal y el final está cada vez más cerca… sin embargo, el día 6 de marzo de 2020, recibimos por parte de la dirección del centro la noticia de que las prácticas se suspenden hasta nuevo aviso. “¿Y ahora qué?” – pienso. Mi cabeza no paraba de pensar en qué iba pasar a partir de ahora. “¿Cuándo volveré a mis prácticas? ¿Tendré que recuperarlas? ¿Nos graduaremos?”. Todo se desmoronó de un momento a otro. El tan esperado último año de carrera, cambió. Incertidumbre, preocupación, tristeza, impotencia, y muchos sentimientos más me invadían en esos momentos. Pensaba: “debería estar disfrutando este último año junto a mis compañeros de clase, en mis prácticas, con mis pacientes, contando y creando anécdotas de esta maravillosa etapa, la cual acabaría en unos meses…” y, sin embargo, me veía encerrada en casa, sin poder salir, sin tener contacto real con nadie más que mis padres, y sin disfrutar nada de lo que me había imaginado en septiembre del 2019 al empezar el curso. Porque cuando empezó el cuarto curso, en ningún momento se me pasó por la cabeza, que meses más tarde, surgiría una pandemia que arruinaría mi último año de carrera y el más especial.

Durante todo este tiempo de confinamiento he sentido una profunda tristeza diaria, y no por la despedida de mi etapa universitaria (que también), sino por la forma en la que se está produciendo esta despedida. Como alumna, no sabía gestionar estos sentimientos, puesto que era una situación totalmente nueva para mí. Como futura enfermera, me sentía impotente por no poder ayudar, colaborar, poner mi granito de arena en la lucha contra el COVID-19. En cuanto a mi familia, me aterraba la idea de que algún familiar (abuelos, tíos, primos, padres, pareja) y/o amigos, se viera envuelto por el virus que estaba y está conviviendo con nosotros. Todos los días, al escuchar las noticias, la incertidumbre era más notable. Miles de muertes al día, y yo en casa sin poder ayudar, sin poder dedicarme en cuerpo y alma a cuidar, a acompañar a las personas enfermas en sus últimos momentos… En los telediarios se hablaba siempre de que alcanzaríamos el pico de contagios, pero ese pico nunca llegaba a bajar, la curva seguía creciendo… y con ella, mi desesperanza y mi tristeza. ¿Lo peor? Por supuesto, todas las muertes que se estaban produciendo, pero también me perturbaba y me preocupaba cada vez más que los profesionales sanitarios, mis futuros compañeros, no tuvieran los equipos de protección que necesitaban para estar seguros frente al virus y prestar cuidados y atención de calidad a todos y cada uno de los pacientes ingresados.

Hemos estado 60 días bajo un estado de alarma, sin poder salir de casa (sólo para obtener artículos de primera necesidad), sin poder visitar a nuestros seres queridos, sin poder dar un abrazo, un beso, o dedicar en persona una sonrisa esperanzadora. Han sido muchos días en los que muchísimas personas han perdido sus trabajos, lo que ha significado, en algunos casos, una dificultad incluso para comer; han sufrido pérdidas de seres queridos (sin poder despedirlos ni acompañarlos); días en los que todos y cada uno de los estudiantes hemos visto cómo nuestra educación y nuestras clases estaban siendo afectadas por un microorganismo, al que todos llamamos coronavirus. Nadie en el mundo desconoce el significado de esta palabra. Este virus ha sido capaz de parar el mundo, de manera literal. Muchísimos países del mundo se han visto afectados por el COVID-19, entre ellos España. Pero este virus también nos ha traído cosas buenas: hemos aprendido a valorar y dar importancia a lo realmente importante. En cuanto a profesiones, hemos aprendido a valorar, por ejemplo, a las personas que trabajan en supermercados y en el sector de la limpieza, quienes siempre han estado marginadas, cuando en realidad, estos trabajos son tan dignos como todos los demás.

En cuanto al ámbito personal, hemos aprendido a valorar besos, abrazos, caricias, cariño, charlas, risas, etc. dándonos cuenta de que lo material, realmente no importa. Porque en estos 60 días, lo que más hemos echado de menos ha sido a las personas, no a las cosas. La desesperación era real. En cada comparecencia del Gobierno lo más temido era: “se prorroga el estado de alarma…” todos sabemos que era y sigue siendo lo correcto, pero después de tantos y tantos días encerrados, sin ningún contacto social más que las pantallas, deseábamos más que nada poder salir. Llegó el día en el que el número de contagios y de muertes diarias era menor, cifras esperanzadoras que hacían que nuestro estado de ánimo también subiera un poco. Por fin, la curva empezaba a descender. Los niños empezaron a poder salir a la calle, más tarde los adultos empezamos a poder salir para hacer deporte, y empezamos a tener cada vez menos limitaciones. Empiezan a abrir los bares, a poder hacer y recibir visitas, aunque siempre tomando las medidas de precaución que se aconsejan, pero gracias a esto, nuestro estado de ánimo ha mejorado rotundamente. Se ve la luz al final del túnel. Ya queda menos para llegar a esta “nueva normalidad” que nos espera a partir de ahora debido a este virus. Yo espero que esta situación que estamos viviendo y que pronto acabará, cambie nuestro modo de pensar y consiga que el ser humano se vuelva menos egoísta. Es necesario que pensemos en el bien común antes que en el bien individual para conseguir el cambio que nuestra sociedad y nuestro planeta necesitan.

Este parón mundial ha hecho que el planeta Tierra respire y se sane del daño que el ser humano le está haciendo día a día. Espero que con esta situación también hayamos aprendido que la unión hace la fuerza, que juntos somos más fuertes e imparables, y que unidos, podemos conseguir todo lo que nos propongamos. Porque si todos ponemos de nuestra parte, y añadimos nuestro granito de arena, hacemos del mundo un lugar mejor. Para poder conseguir ese hogar que merecemos y que tanto anhelamos, sólo tenemos que ser responsables; todos debemos concienciarnos de que el planeta necesita cambios de actitud por nuestra parte y debemos de dejar de pensar en nosotros mismos y ser tan egoístas para conseguir el bien común, tanto de seres humanos, como de todas las especies de animales y plantas que habitan con nosotros.

Personalmente, a mí, esta situación me ha servido para sentirme más orgullosa que nunca del futuro que he elegido, y por tanto me espera como enfermera, porque voy a tener la suerte de formar parte de la profesión más bonita y gratificante del mundo. Cada día de mi vida tengo más claro que yo nací para ser enfermera y cada día que pasa, ese sueño está más cerca de cumplirse…

Cómo citar este documento
Cala Vázquez María del Mar. Un cuarto año diferente. Narrativas-Covid. Coviviendo [web en Ciberindex], 19/05/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1212

 Volver a Sumario de narrativas
Elabora tu propia narrativa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *