Una parada para reflexionar.

“La capacidad de resiliencia que vive en cada uno nosotros conseguirá que superemos esta situación”

Reyes Ruiz Camacho
Estudiante de Enfermería. Centro Universitario San Juan de Dios, Sevilla, España.

Uvas, champagne y muchos deseos para este 2020. Así empezó la noche del 1 de enero de un año que no sería nada de lo que yo imaginaba. En ningún momento pensé que ese virus que cruzaba las calles de China fuera a llegar a España y mucho menos a mi entorno. El humor y los bulos bañaban la imagen sobre esta nueva amenaza. Yo pensaba que la distancia era nuestro chaleco salvavidas, que el virus sería erradicado y destruido antes de atravesar las fronteras. Sin embargo, pocos meses después se propagaba con la misma rapidez que el miedo y la incertidumbre por todos los países y ciudades. Ese virus desconocido ya era una pandemia en el tercer mes del año.

Hizo falta un mes de abril como el vivido en 2020 para valorar las pequeñas cosas que hasta ahora consideraba rutinarias. Salir a dar un paseo, montarme en un autobús o incluso llegar a perderlo, tomar un café rápidamente antes de entrar en la universidad o ir a una playa abarrotada de gente. Por un momento llegué a echar de menos el agobio de los sitios llenos cuando me encontré ante el silencio y la soledad de las calles de mi ciudad. La vida cambió en pocas horas para mí y para millones de personas en cuanto se declaró el estado de alarma. Negocios cerrados, familias separadas, profesionales sanitarios en primera línea de batalla para protegernos, muertes en aumento cada día, mujeres atrapadas en sus casas con maltratadores. Las calles se vaciaron de gente y se llenaron de miedo. Miedo a enfermar, miedo a morir, miedo al paro, miedo a no tener recursos para mantener a una familia, miedo a encender la televisión y ver que las cosas no mejoran, sino que empeoran, miedo a la crisis económica que afecta y afectará a miles de ciudadanos y ciudadanas, miedo a que los seres queridos que luchan en primera línea estén expuestos a este virus o miedo a llegar a casa de trabajar y ser un peligro para los que te rodean. El miedo lo llenó todo. Encender la televisión era una constante pesadilla. Era como vivir en una película de terror de esas donde un virus se propaga y va destruyendo todo lo que toca.

La vida había cambiado y no sabíamos cuando volvería esa normalidad. Esa normalidad que muchas veces aburre y estresa. Yo la echaba de menos. Los días pasaban y nada mejoraba. No pude abrazar a mi padre el diecinueve de marzo. Soplé las velas de mis veintidós cumpleaños muy lejos de lo que me imaginaba que sería ese día. Ya no había semana santa. Ya no había feria. Ya no había viaje de fin de carrera ni graduación. No quedaba nada de las cosas que yo creía que le daban sentido a una rutina aburrida. Con el paso de los días me di cuenta de que ninguna de esas cosas te proporciona felicidad si estás lejos de tu familia, de tus amigos, de tu pareja. Nada tiene sentido. Aprendí a valorar durante estos meses la importancia de con quién vives esos momentos, y no dónde o cuándo. Deseé que acabara todo únicamente para besar y abrazar a todos los que había tenido lejos durante tantos días. Por otro lado, siempre he valorado y he admirado mi profesión, y ahora que me encuentro justo en frente de las puertas que me darán salida al mundo laboral, me he sentido más orgullosa que nunca de pertenecer a un colectivo tan increíble como la sanidad y, sobre todo, la enfermería. Porque para que una persona se recupere de una situación como la que estamos viviendo hacen falta muchas cosas además de farmacología y respiradores. Hace falta cariño. Hace falta interés. Hace falta compañía. Y, sobre todo, hace falta entender a la persona y empatizar con ella sobre lo que le está pasando. Como bien decía Jean Watson, “la empatía es la esencia de una enfermera”. Es admirable la labor que han realizado los profesionales sanitarios y miles de personas de otros colectivos. El profesorado que desde sus casas reinventa formas amenas de enseñar a sus alumnos y alumnas durante el confinamiento, personas que retoman sus máquinas de coser para hacer mascarillas, que reparten comida a los que más lo necesitan, gestos que muestran la solidaridad que estamos sacando a flote para combatir a este virus.

Quizás todo este tiempo que hemos pasado encerrados nos ha servido para valorar todo lo que nos rodeaba y no dábamos importancia, porque es en aquellas situaciones en las que tenemos miedo en las que nos acordamos de todo lo que pudimos hacer y no hicimos, y de todo lo que hicimos y no valoramos. El miedo, entre otras cosas, tiene la capacidad de hacernos reflexionar. Porque al fin y al cabo, cuando estas sentada en el sofá de casa pensando en los buenos recuerdos que has vivido, te acuerdas de esos pequeños momentos que surgieron sin planearlo cada día, como las risas en los desayunos de la universidad o en las carreras para no perder el autobús, momentos simples que te hacen sonreír cuando los recuerdas, y si miras alrededor en esos recuerdos, no es el donde, es el quien, es con quien los compartes y con quien los vives. A pesar de todo el sufrimiento, las muestras de solidaridad que se han visto me hacen pensar que esta horrible pesadilla nos va a cambiar a todos convirtiéndonos en mejores personas, que después de todo esto dejaremos a un lado el egoísmo y prestaremos más atención a lo verdaderamente importante en la vida, la salud, la familia, los amigos.

La capacidad de resiliencia que vive en cada uno nosotros conseguirá que superemos esta situación, quizás lo consigamos antes o quizás tardemos más, pero lo que está claro es que lo superaremos, y lo haremos juntos, porque al igual que todos esos balcones se han estado uniendo durante meses mediante aplausos, van a seguir unidos hasta el final en esta lucha contra un solo enemigo, la Covid-19.

Cómo citar este documento
Ruiz Camacho, Reyes.  Una parada para reflexionar.  Narrativas-Covid. Coviviendo [web en Ciberindex], 17/05/2020. Disponible en:  http://www.fundacionindex.com/fi/?page_id=1121

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