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Confesiones de una docente.

“Frente a su pantalla conversa amenamente con sus estudiantes, hace de su pequeña casa un gran espacio de relaciones académicas”

Ana Patricia Pérez Saavedra
Facultad Ciencias de la Salud Universidad del Quindío, Colombia.

Desparecer del ámbito social, resguardarse en un pequeño apartamento, en compañía de un gato, un perro, y por su puesto un niño, han convertido la simplicidad de una mujer trabajadora, madre soltera y además enfermera, en una dinámica compleja entre los quehaceres de la maternidad humana/animal y las responsabilidades laborales y académicas de un mundo para el que no estaba preparada. Todos los días se levanta porque sabe que hay que prepararse, se cuestiona todo, y aunque disciplinadamente hace aquello que les apasiona, no tarda en confrontarse con la nueva realidad. Es el tiempo improvisado de lo virtual o remoto nada se ha planificado, pues, llegó con todo, así de repente y se realiza en condiciones de gran incertidumbre y en medio de una crisis, porque no hubo un tiempo de sensibilización, preparación y de ensayo para que la totalidad de los docentes encuentren el sentido de esta modalidad de enseñanza.  Su rutina empieza con quehaceres hogareños, garantizar un espacio adecuado, y conectividad para su pequeño hijo, quien extraña los gritos y juegos en el patio de recreo, él anhela profundamente compartir de nuevo con ellos, sus profesores hacen su parte, tratando de construir una cercanía a través de la pantalla; entre tanto la mujer, busca hacer lo mismo en su trabajo, ella, profesora de enfermería, tiene preocupación por sus estudiantes, hay algo que el Covid-19 ha conseguido: visibilizar exponencialmente las desigualdades estructurales que nos aquejan como sociedad, con un claro correlato en las condiciones de escolarización de miles de estudiantes pertenecientes a los sectores sociales más empobrecidos, con dificultades de conexión, y una sensación de inconformidad; no obstante habla con propiedad, se muestra tras su pantalla como una “experta” de virtualidad, aunque en realidad se siente insegura, a pesar de todo tiene claro que la comunidad educativa no ha permanecido pasiva ante la transformación repentina del contexto educativo, más bien lo contrario. Los diferentes equipos docentes han tenido que adaptarse en un tiempo récord a las demandas del nuevo formato educativo en el que, entre otras actividades, las tradicionales clases presenciales, las interacciones de aula, los trabajos en grupo o las tutorías han tenido que ser replanteadas .

Tras varios meses, sus habilidades han mejorado, la mayor parte de los aportes invitan no solo a no asumir acríticamente la virtualización del trabajo docente actual sino también a interpelar la digitalización de la educación como un nuevo destino. Se habla de una flexibilidad metodológica que a fuerza de ensayo error se convirtió en la forma como esta mujer, viviría desde entonces. Considerar dificultades ocasionadas por el cambio de la ruta de aprendizaje, la adaptación de las estrategias pedagógicas, las dificultades técnicas de conexión y ancho de banda, las limitaciones tecnológicas de los dispositivos electrónicos, la inconformidad de algunos profesores y estudiantes escépticos con la educación virtual y el apego a la presencialidad como único mecanismo en el que los estudiantes asimilan los contenidos impartidos por el profesor, constituyen verdaderas oportunidades de mejoramiento al momento de implementar un modelo educativo virtual a una asignatura.

Reflexiona, tiene acercamientos de compresión hacia el enorme trabajo que significa reconfigurase de un día para otro, escucha a sus estudiantes, planea con ellos también nuevas formas de aprender-se, extraña los sitios de convergencia universitarios, el aula en sí, hoy más que nunca admira a los profesores de su hijo, se pregunta, cómo lo hacen?, es una obligación invitarse a ella y a las personas con quien interactúa virtualmente a fortalecer el vínculo familiar y de amistades mediante la utilización de equipos informáticos, de esta manera el distanciamiento social se siente menos y se refuerza la seguridad de la prevención de la enfermedad, la vez les permite expresar sus emociones entendiendo que el trabajo docente se plantea como una categoría dinámica que es asumida, construyendo los docentes a lo largo de las distintas historias de vida posiciones en el trabajo cotidiano, permitiendo entender las condiciones de trabajo docente desde una definición que excede los recursos físicos, los tiempos y espacios institucionales.

Hoy frente a su pantalla conversa amenamente con sus estudiantes, hace de su pequeña casa un gran espacio de relaciones académicas, es más empática, ve la nueva realidad como un potencial de reconocimiento de sí misma, identifica su labor docente como parte del ejercicio profesional que debe articular lo sano con lo bello de las personas (7); disfruta de la sincronía y asincrónica de la virtualidad haciendo su trabajo más satisfactorio, a la espera de nuevos desafíos.

Cómo citar este documento
Pérez Saavedra, Ana Patricia. Confesiones de una docente. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 1 /10/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?p=1795

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2020, el año que vino a cambiar nuestras vidas.

“Cuidémonos y vivamos de una forma que marquemos la diferencia”

Jazmín Elizbeth Aguirre Rivera
Estudiante de Enfermería, Escuela Nacional de Enfermeria y Obstetricia (ENEO), México.

“El panorama parece ser incierto, pero aprendamos a ser agradecidos y veamos la vida con otros ojos”.

Al iniciar este año 2020, pensé que sería el mejor año de todos, puesto que en este año cursaría mi último semestre de la carrera y estaba muy expectante a lo que vendría y aprender lo más que pudiera en este último semestre, todo iba también, llevábamos nuestras vidas de forma normal, en los medios de comunicación se escuchaba mucho de una enfermedad que estaba enfrentando China, pero era algo que nunca imagine o dimensione que fuera a convertirse en un caos esta enfermedad y mucho memos que se convirtiera en una pandemia, poco a poco se empezaron a presentar los primeros casos en algunos países de Europa, hasta llegar al continente americano en Estados Unidos y el escuchar a través de los medios como el coronavirus estaba afectando a este país, pero como era de esperarse tendría que llegar a México algo que veíamos lejano en un inicio pronto llego a nuestro país, soy estudiante de enfermería y por la poca experiencia que he tenido al hacer prácticas en los hospitales y el conocer un poco más de cerca como esta nuestro sistema de salud, me dio un poco de miedo, de cómo viviríamos esta pandemia en el momento que llegara a nuestro país, hasta que se reporto el primer caso de COVID-19 en México, recuerdo bien fue un 27 de febrero del 2020, era algo difícil de creer cuando dieron la noticia en los medios de comunicación a pesar de eso todo aún estaba dentro de lo que cabe en calma o al menos eso pensaba, en la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia de la (ENEO), de la Universidad Nacional Autónoma de México, entre compañeros corría el rumor de que ya se habían acabado los insumos en las farmacias, como cubrebocas, Gel antibacterial, alcohol, desinfectantes en las tiendas, etc., para mí era un poco difícil de creer, pero por curiosidad decidí preguntar en una farmacia si tenían cubrebocas y me dijeron que estaban agotadas, pregunte en otras más y me dijeron lo mismo así todo comenzó, lo que parecía un año normal se empezó a transformar en algo imprevisible, algo que tomo un giro inesperado para todos, que vino a cambiar totalmente nuestras vidas, a finales del mes de marzo termino mi bloque teórico recuerdo fue un viernes 13 de marzo, ese día con mis amigas, mirábamos la escuela y sabíamos que era la última vez que regresaríamos, como estudiantes de pregrado en esas aulas porque creímos que después solo nos veríamos para las prácticas de investigación, el fin de semana transcurría dentro de lo que cabe normal pero el domingo por la noche había mucha incertidumbre porque los medios de comunicación empezaban a anunciar la suspensión de actividades de varias escuelas, pero no decían nada de nuestra escuela hasta que dieron el aviso oficial de suspensión de actividades hasta nuevo aviso y ya no regresamos más, en ese momento decidí tomar la decisión de regresarme a casa con mi familia la cual vive en el estado de Oaxaca del país de México, durante el viaje me daba un poco de temor de contagiarme y de llegar y contagiar a mi familia pero anhelaba estar con ellos y por un momento no sé porque en mi mente creí que pronto pasaría todo esto y regresaría de nuevo a mis actividades diarias por lo que decidí llevarme pocas cosas a mi casa solo mis trabajos del último semestre porque faltaba concluir la parte práctica, al regresar a casa todo parecía normal, las personas vivían dentro de lo que se podría decir una vida normal, algunas personas decían que eso del virus era mentira y era un engaño del gobierno, puesto que es algo que la gente ya está acostumbrada a que los engañen de muchas formas, en esta ocasión no era el caso, porque era algo que vivíamos de forma mundial, aunque se negaban a creer la realidad de nuestro país es que se estaban enfrentando a un nuevo virus, algo que les tomó por sorpresa, que se escuchaba muy lejano y que en la mente de muchos de nosotros era casi imposible que llegara de lejos a otro continente, pero sucedió en tan poco tiempo se empezó a escuchar como el virus se extendió en nuestro país, y como la gente entro en pánico haciendo compras exageradas, pero eso solo era para las personas que tenían dinero, para los desprotegidos que viven al día era imposible que ellos pudieran comprar, al contrario los dejaban sin recursos.

En cambio en el estado de Oaxaca de dónde soy originaria, todavía no se escuchaba de que se presentara un caso, pero cuando se presentó, paso lo mismo las personas entraron en pánico, y empezaron a hacer compras exageradas, algunos decían no creer pero compraban por si las dudas, entre la familia, un tío era el que siempre insistía en que nos cuidáramos y no saliéramos de casa, por un tiempo todos intentamos quedarnos en casa un mes, pero fue algo desesperante, sobre todo para mi mamá que es quien mantiene a la familia, pronto decidido regresar a trabajar puesto que ella es comerciante y con las medidas necesarias de protección y con un poco de miedo regreso nuevamente a abrir el negocio, porque habían cuantas por pagar y los gastos en la casa, mis hermanas y yo empezamos a trabajar en línea desde casa y nuestras vidas dio un giro total, era difícil adaptarse, ellas por el exceso de tareas que sus maestros les empezaron a dejar y yo por el hecho de que tenía que hacer intervenciones y las únicas personas con las que podía trabajar para ello eran con mis hermanas, pero por sus tareas era difícil para ellas el poder ayudarme así que veíamos la forma de apoyarnos y poder entregar los trabajos a tiempo hasta concluir el semestre, al ser el último semestre de la carrera y por la pandemia que se vive se suspendió la ceremonia de graduación, solo me quedaron los recuerdos de las fotos de graduación que nos tomamos a inicios del año, fue mi último recuerdo, al verlos me dio nostalgia y me solté a llorar, por todo lo ocurrido no por el hecho de que se suspendiera la ceremonia, si no por el hecho que después de un trabajo duro durante la carrera de 4 años al fin estaba concluyendo y compartiendo este momento con mi familia y dando gracias a Dios que me sostuvo en este caminar.

Ya estamos en el mes de septiembre y seguimos trabajando en línea desde casa, tratando de llevar una vida normal, pero con las nuevas medidas que se han tomado de seguridad para prevenir enfermarnos, esto me hace dar cuenta de cómo la vida cambia en un segundo, de la nada ocurre un giro inesperado en el que, en un abrir y cerrar de ojos, nuestra realidad, la normatividad cambia y nos exige el uso obligatorio de cubrebocas, limitación de libertad de tránsito, aislamiento, etc., teniendo que readaptarnos a una nueva forma de vida, adquiriendo nuevos hábitos y ver la manera de protegernos entre todos, así que pensemos en ser mejores personas cada día en no devolver mal por mal, si no el buscar la manera de vivir y disfrutar el regalo de la vida que Dios nos da, porque vivimos afanados pensando y creyendo que viviremos muchos años, pero por todo lo ocurrido nos damos cuenta que no es así, que en todo el mundo se escucha cada día el reporte de personas contagiadas y de muertes que van en aumento, personas que tenían planes para este año, que vivían una vida normal, pero ahora ya no están entre nosotros ni con sus familias por que han partido de este mundo, así que cuidémonos y vivamos de una forma que marquemos la diferencia. Esta pandemia me ha permitido reflexionar que debemos de valorar nuestra vida, así como de nuestros seres queridos y de los que nos rodean.

Cómo citar este documento
Aguirre Rivera, Jazmín Elizbeth. 2020, el año que vino a cambiar nuestras vidas.Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 14 /09/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?p=1710

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¡Ser o no ser: flexibilizar, empatizar y soltar!

“El virus al igual que la imagen fantasmagórica del rey, padre de Hamlet, llegó a demostrar la fragilidad humana”

Jenifer Villa Velásquez
Enfermera. Escuela de Enfermería. Universidad Austral de Chile, Sede Puerto Montt, Chile.

Marzo 2020, se inicia un nuevo año académico para futuros enfermeras/os, aún terminando asignaturas del año 2019 debido al estallido social en Chile, un despertar del pueblo y los sentidos en varios aspectos, que golpeó nuestro largo y angosto país. El COVID-19 llega como guinda de la torta a coronar y completar un escenario de incertidumbres, desconfianzas y disconformidades. En esta atmósfera comenzamos a enseñar a distancia, a través de soportes digitales, desde nuestras casas, dictando clases a una pantalla negra, con silencios incomodos, vergüenzas y por qué no decirlo angustias y tristezas. Durante las primeras semanas me ahogaba un sentimientos de añoranza por la asistencia clínica, culpa y sensación de inutilidad, sumado a esto las exigencias propias del trabajo y el hogar. Pasé la primera etapa del duelo, realizando clases con desgano y menos pasión que en el aula, cuestionando mi rol, asistiendo a algunos webinar de interés.

Así llegue a un taller de proceso creativo de la compañía de teatro “La Otra Zapatilla”, como una estrategia motivacional y de autocuidado. Se preguntarán qué relación tiene esto con enfermería, ya les explicaré. En el taller teatral trabajamos con la Obra “Hamlet” de Willian Shakespeare, un grupo diverso de personas, de distintas edades, regiones y ciudades. Guiados por actores comenzamos a leer el texto e inevitablemente fui comparando la obra con lo que me estaba pasando. En este golpe de realidad, en la 1º escena del V acto yo era Hamlet, en una lucha interna, de frente, cara a cara con una verdad absoluta, desagradable, angustiante, con desilusión y frustración, ¡este año ya no sería como otros! ¡no podría completar los objetivos académicos propuestos!, ¡tendrían que haber ajustes!, ¡postergar el desarrollo de competencias!, pero había algo más profundo y transformador ¡yo debía cambiar como docente!, quizás ser menos exigente conmigo y los demás, flexibilizar en cosas que ya no tenían el mismo valor y sentido. Así seguí sumergiéndome en la narrativa cruda, realista y atemporal de la obra. Surgieron temáticas importantes de analizar y conversar, las injusticias, prejuicios, el machismo, la melancolía, las lealtades etc…Temas que me recordaron mis años de enfermera clínica, mis vivencias personales, ahora cobrando más sentido.

La Pandemia como un catalizador ha dejado al descubierto muchos de nuestros eternos problemas sociales; el cuidado de la salud mental, la violencia a la mujer e infantil, la desigualdad y discriminación. El virus al igual que la imagen fantasmagórica del rey, padre de Hamlet, llegó a demostrar la fragilidad humana, a generar confusión y en un intento de adaptación nos aferramos por mantener una “normalidad”. Lo cierto es que después de esto ya nada será igual. Para algunos ha terminado en tragedia para otros ha sido un buen remezón. En el taller al compartir y estar en el rol de estudiante, con gente joven, incluso de la misma edad de mis alumnos, fui entendiendo sus miedos, sentimientos frente a las dificultades vividas y el pesar compartido por el aislamiento y el confinamiento.

Tal cual como decían mis profes Maira y Oscar, actuar es un ejercicio de empatía constante y nosotros las/os enfermeras/os sabemos la relevancia de esta intención y capacidad dentro del ejercicio profesional. Mi estado de ánimo comenzó a mejorar, tenía la prueba viviente de que es posible enseñar y aprender con pasión por medio de una pantalla, yo lo estaba recibiendo a través de mis profesores artistas y compañeros. Durante el taller fui aprendiendo que era necesario dejar fluir mi conciencia, liberar la tensión, no tener miedo a la exposición, evitar pensar y preocuparme, además de poner a disposición de la escena mi autobiografía, lo que soy. Esta lección la fui aplicando en mis clases y en la interacción con mis estudiantes y colegas, intentando transferir energía y optimismo. Advirtiendo también los hechos positivos; como los grupos de personas que se han organizado con solidaridad para acudir en la ayuda de los más vulnerables, el equipo de salud que pese a las dificultades ha respondido a las exigencias. No ha sido fácil, pero he decidido ser agradecida y aferrarme a mis pasiones, una de ellas es la docencia del arte de enfermería, que hoy más que nunca ha tenido un rol protagónico en esta historia distópica que nunca pensé ver y vivir.

Seguí avanzando fueron dos meses de trabajo de texto, reescritura, e interpretación. Fue inevitable comparar el proceso creativo con mis vivencias y rol docente. Es sublime percibir las similitudes que tenemos con otras disciplinas, que concebíamos muy diferentes, pero ahora de forma empírica he comprobado que es cierto la explicación recibida por el Dr. Ayala sobre los patrones de conocimiento de Enfermería “si bien el contenido de las disciplinas (knowledge) puede ser comparativamente distinto o tener distintas orientaciones o énfasis, es posible que las formas de conocer (knowing) sean similares a nivel individual”.

Hoy al igual que una escritora o dramaturga tengo la responsabilidad de crear un mundo, el mundo de la enfermería que mañana otros recorrerán, tengo el deber de esforzarme por cambiar las formas de entregar contenido y tal cual un actor se dispone al servicio de la escena, yo estoy disponible para seguir enseñando, en el escenario actual, pero pretendo tener un rol activo y ser la directora de esta gran obra, me encargaré de vigilar que todos los elementos estén presentes en la escenografía, de apoyar y contener a los actores y de asegurar que la luz apropiada nos permita brillar a todos. A veces tenemos que decidir entre ser o no ser…. Hoy decido ser

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Villa Velásquez, Jenifer. ¡Ser o no ser: flexibilizar, empatizar y soltar! Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 14 /09/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?p=1702

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Al más puro estilo Nightingale.

“Quién nos iba a decir que hoy, más que nunca cuidaríamos bajo su legado”

Sara Alameda Salazar
Enfermera. Residencia de Alzheimer “Dolores Castañeda” AFA Vitae, San Fernando, Cádiz, España.

Con la sensación de quien está haciendo algo que no debe, salgo de mi casa para ir a buscar mi coche, repitiéndome una y otra vez: “Voy a trabajar. Soy enfermera. Llevo en el bolso el papel que justifica mi salida”. Como si quisiera que toda aquella persona que pueda estar viéndome desde la ventana de su casa, me leyera el pensamiento y así justificar por qué estoy en la calle en pleno confinamiento. Y es que, de un día para otro, hasta lo más cotidiano se hace con miedo y con inseguridad. El camino hasta la residencia de Alzheimer se me hace largo, a pesar de no haber tráfico. Ver las calles desiertas me entristece, noto que desde que salgo de casa ya nada es como antes y siento angustia al no saber cómo van a ser las cosas a partir de ahora. Mientras conduzco, intento poner en orden mis ideas, tratando de convencerme de que todo va a salir bien, que lo vamos a conseguir y que saldremos de ésta. Pero tengo miedo y me siento tan nerviosa que parece mi primer día de trabajo.

Cuando llego, mis compañeros auxiliares me esperan con caras de incertidumbre. “¿Cómo lo vamos a hacer?”, fue la primera, de un sinfín de preguntas, que iban surgiendo según pasaban los días. Y es que se había establecido un nuevo protocolo de actuación que implicaba una organización de trabajo diferente y nos teníamos que adaptar, hasta que ese protocolo diera paso a otro nuevo, en función de cómo fuera evolucionando la situación. Y así, continuamente. Días de cambios, de incertidumbre, de adaptación. El primer cambio vino con la reestructuración de las instalaciones de la residencia. La Unidad de Estancia Diurna tuvo que cerrar cuando empezó el confinamiento, así que el centro de Alzheimer se quedó sólo con los abuelos (así es como solemos referirnos a nuestros pacientes) que residen en él. Por tanto, se aprovecharon los espacios de dicha unidad para habilitar una zona de aislamiento. De tal forma que, las salas de estar, se convirtieron en salas y habitaciones de aislamiento preventivo de casos posibles y de contactos estrechos con casos posibles o confirmados de COVID-19. El salón de actos se dotó de varias camas, convirtiéndose en una zona de aislamiento para los casos confirmados que reciban el alta hospitalaria. Y las habitaciones destinadas al “Programa de respiro familiar”, se habían dispuesto como habitaciones de aislamiento preventivo para aquellos enfermos que tienen que salir de la residencia para acudir al hospital por algún problema de salud de cualquier otra índole. Pasar por aquella zona, a la que ahora llamamos zona de aislamiento, e imaginar esas camas ocupadas, daba escalofríos. Teniendo en cuenta que, tan sólo unos días antes, en aquellas salas había mucha vida. Se oían conversaciones de los abuelos que acudían al centro de día y comentaban anécdotas con auxiliares, risas entre compañeros o abuelas que cantaban canciones de su época. Y ahora, solo hay silencio.

Otro cambio importante se dio en el momento en el que se suspendieron las visitas de familiares para evitar posibles contagios. Recuerdo el día que se dio la noticia a los familiares en la puerta de la residencia. Estábamos en la zona exterior, había distancia entre nosotros y expresiones de angustia. No olvidaré sus caras cuando fueron conscientes de que ese día no entrarían a darles un beso a su familiar y que de forma indefinida no podrían ver a su padre, a su madre, a sus abuelos… No sabían por cuánto tiempo estarían sin darles un abrazo, alguno incluso tuvo miedo al pensar que quizá ya no pudiera abrazarlo más, de hecho, en algún caso, así ha sido. Cuántos cambios en relativamente poco tiempo y qué lento pasa el tiempo en estas circunstancias. Qué turnos tan diferentes. Cómo echo de menos esos turnos en los que un familiar durante la visita, se acerca para preguntarme alguna cuestión referida a la salud de su madre, por ejemplo, y terminamos riéndonos de alguna ocurrencia de la propia abuela. Cómo se echa de menos esa relación de complicidad que se crea entre la enfermera y la familia del paciente. Porque en este tipo de residencias, el cuidado al enfermo de Alzheimer se hace en equipo. Equipo formado por las enfermeras, las auxiliares y la familia. Cada parte aporta. “Y ahora, viene un virus y separa a este equipo”, me decía un familiar en una de nuestras conversaciones telefónicas. Pues sí, viene un virus y separa incluso a los propios abuelos que residen allí. Unos, hacen su día en una sala que antes estaba llena y ahora hay más de dos metros de distancia con el compañero, y otros, pasan el día en su habitación, echando de menos todos esos estímulos que se perciben cuando se está en grupo: las voces, el movimiento, los colores, el ruido, el tacto… Pero a pesar de que no haya más remedio que mantener la distancia, a pesar de que en la residencia de Alzheimer y en otras residencias de ancianos se hayan suspendido las visitas y no tengamos ese contacto al que estábamos acostumbrados, las enfermeras hemos hecho lo posible por acercar distancias.

Nos hemos volcado en seguir cuidando no solo al paciente, sino también a su familia, ofreciendo apoyo emocional, intentando levantar su ánimo cuando la desesperación se apoderaba de ellos, con llamadas de teléfono, videos y fotos de sus seres queridos y ofreciéndoles toda la información que necesitaran de forma continua, pero sobre todo escuchándolos. Toda esta situación, este 2020 de pandemia, ha dado lugar a que al más puro estilo Nightingale, me haya visto, no escribiendo cartas a las familias como hacía ella con las familias de los soldados en la guerra de Crimea, pero sí realizando videollamadas para que hijos y padres, hermanos, nietos y abuelos o maridos y esposas puedan comunicarse, o en caso de no ser posible la comunicación por tratarse de un enfermo de Alzheimer con mayor deterioro cognitivo, transmitiéndoles por teléfono el estado de su familiar a tiempo real, describiendo exactamente qué hace en ese momento para tranquilidad de su familia. Al más puro estilo Nightingale, he estado atenta a la ventilación, a la luz natural, a la distancia entre camas en las habitaciones y entre butacas en las salas, a la desinfección de material y del entorno. Al más puro estilo Nightingale he insistido hasta la saciedad en la importancia del lavado de manos de toda la población. Al más puro estilo Nightingale, no he organizado una sala de música o lectura, pero sí he dado vueltas por la residencia buscando una radio para hacer más ameno el tiempo de aislamiento de un abuelo, he proporcionado revistas y cuadernos de dibujo, para que tuvieran entretenimiento en esta situación, he buscado ratitos para conversar con aquellos que necesitan compañía porque se les hace muy largo un día entero en su habitación.

Quién nos iba a decir, que, en el año 2020, declarado por la OMS como año Internacional de las Enfermeras y Matronas, el papel de la enfermera iba a estar más visible que nunca, hasta tal punto que ahora hay quien nos llama “héroes”, como consecuencia de la lucha contra la enfermedad por COVID-19. Quién nos iba a decir, que el año en el que celebramos, además, el bicentenario del nacimiento de Florence Nightingale, íbamos a sufrir una pandemia que nos haría tenerla tan presente, haciendo que todas las enfermeras estemos cuidando, hoy más que nunca, bajo la influencia de su legado.

Cómo citar este documento
Alameda Salazar, Sara. Al más puro estilo Nightingale. Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex] 15/06/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?p=1469

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“¡Detrás de la línea, y con mascarilla!”

“Teníamos que proteger el castillo a capa y espada, o mejor dicho, a mascarilla y pantalla”

Cynthia Calero Oliver
Enfermera. Atención Primaria. C.S Torrijos, Toledo, España.

Todo es un caos… Treinta de Marzo, retomaba mi trabajo en el Centro de Salud y eso parecía la guerra. La cola de pacientes esperando a pasar daba la vuelta por la calle perpendicular, “¿qué pasa?” me preguntaba. Cuando consigo abrirme paso, en la puerta, un compañero enfundado me hace un interrogatorio que parecía de tercer grado. Me bajo un poco la mascarilla para que me reconozca y me deja pasar. Voy a la taquilla, me cambio y pregunto sobre el funcionamiento del centro. “Solo se atienden urgencias, o algo muy excepcional que cada profesional considere. El resto por teléfono.” “Vaya locura” – pensé, “va a ser imposible reducir tanto los servicios, la gente va a seguir viniendo…” Efectivamente, estábamos en una guerra. Si caminabas eras «verde» y, por tanto, tenías que llamar por teléfono. Un teléfono al que llamaban miles de personas y que al final, era más sencillo que te tocara la lotería que te cogieran el teléfono. Y ya no digo a la primera, pero ni a la segunda, ni a la tercera… Pero no había más opción. “Insista caballero”, “siga intentándolo señora”, “hay que tener paciencia…” decíamos. Nadie entraba si no era estrictamente necesario. Pasamos de ser enfermeros a ser guardias de seguridad. Teníamos que proteger el castillo a capa y espada, o mejor dicho, a mascarilla y pantalla. Tratábamos a las personas como leprosas: “no se acerque”, “hasta la línea”, “tápese con la mascarilla por favor”, “sí, la nariz también”… Pero no solo ‘huías’ de los pacientes, sino que tampoco te acercabas mucho a tus compañeros. No confiabas en nadie, ni siquiera en ti mismo. “¿Y si me pegan algo?” “¿Me habré rozado? Me voy a lavar por si acaso”…

“Estoy bien, ahora todo es diferente pero seguro que en unas semanas se pasa y puedo ir a visitaros” les decía a mis padres. Que ilusa fui, a día de hoy sigo esperando esa ocasión que me permita poder verlos de cerca, aunque solo sea por un momento y aunque no pueda tocarlos. Fueron pasando los días y la cosa no mejoraba. El ring ring del teléfono se convirtió en nuestro hilo musical. Nuestro lema: “Llame por teléfono”. Nuestra arma: el lavado de manos. Y nuestro grito de guerra: “¡Detrás de la línea, y con mascarilla!”. Impotencia. Mucha impotencia. La gente no entendía por qué no podían ser atendidos por su médico, “¡si tengo cita para la tensión con mi practicante! Me la dio hace 2 meses, mire mire”. Discusión, tras discusión. Y cuando por fin un compañero te relevaba de ese cargo, tocaba llamar. Ay las llamadas… cuantas tortícolis nos han causado. Éramos igual que teleoperadores. “Buenos días, le llamo del Centro de Salud, soy la enfermera, ¿cómo se encuentra hoy?”. Ese era mi guion. Y esa era la parte más sencilla. Lo peor venía después. La contestación del paciente. A cada cual peor cuerpo se me quedaba. Eso cuando te cogían el teléfono. Miedo me daba lo que me pudieran decir, “¿qué puedo hacer yo?, ¿cómo le voy a poder ayudar?” me preguntaba una y otra vez. Pero más miedo me daba cuando nadie me cogía el teléfono.

En esos momentos me debatía entre quedarme con el pensamiento de “estará ocupado/a”, o mirar si estaba ingresado/a en el hospital. No lo soportaba. Demasiada gente. Gente que conocía, gente que solía venir a consulta, gente que me había confiado sus problemas y a la que ahora no podía ayudar. Y quien sabe si podría volver a ayudar en otro momento… Las tres de la tarde, el compañero del turno de tarde ha llegado. “¿Ya son las tres? Pero si no he hecho nada…” Maldita sensación de inutilidad. Llegas a casa, y piensas que todo será mejor. Que podrás desconectar y descansar. Pero no es así. Primero está el ritual de entrada. Como en el centro, habíamos marcado una línea que no podíamos sobrepasar. Una línea que separaba la parte sucia de la limpia. Ropa fuera. Baño de hidrogel. Vale, ya estaba lista para entrar. “¿Qué tal el día…?” Odiaba esa pregunta. Mal, el día mal. Muy mal. Esto no se acaba nunca, estoy cansada, y no me refiero a un cansancio físico de esos que estás tres días con agujetas. No. Era mucho peor. Era un cansancio psicológico. Me pasaba toda la mañana oyendo malas noticias. No podía ayudar a las personas como a mí me gustaría. Y además, tenía miedo de contagiarme. Aunque, si soy sincera, tenía más miedo de contagiar a alguien. No quería ser la responsable de eso. No lo podía ni imaginar.

Luego estaba la televisión, o la caja tonta como solía decir mi abuela. Aproximadamente cincuenta canales, y no había ni uno en el que no se hablara sobre el Coronavirus. Tantos afectados, no sé cuántas muertes, los hospitales están colapsados…, y así, un sinfín de noticias desalentadoras. Que por si te habías perdido alguna, te volvían a repetir en el siguiente programa, o quizás alguien se encargaba de ponerlo en algún grupo de WhatsApp. Así que no, no podía desconectar. Encima ha salido una nueva actualización de protocolo. Tendré que mirarla. Cada día uno distinto. Cada día una orden nueva, o quizás dos. Ya he perdido la cuenta. Y así, un día tras otro. Todo rutina. De casa al trabajo. Del trabajo a casa. Y vuelta a empezar. Como un hámster en una rueda. Cada uno en su burbuja. Y al final terminas acostumbrándote. Ya has cogido el hábito. Ya no es tan malo. Parece que vamos mejor. Hemos perdido el miedo.

Las noticias cada vez son mejores. Surgen más temas de conversación. Vienen los primeros pacientes programados. Eso sí, mantienes distancia. No te quitas la armadura. Y después, a limpiar todo bien. Empiezas a ‘normalizar’ la situación. Poco a poco. Charlas con los compañeros, incluso te permites tomar un café con ellos. Y qué bien sienta. Sigo esperando poder volver a casa pronto. Ver cómo están mis padres, abrazarlos y celebrar todos los cumpleaños ‘perdidos’. De momento, voy a seguir dejando la ropa a la entrada, y desinfectándome con el hidrogel antes de sobrepasar la línea.

Cómo citar este documento
Calero Oliver, Cynthia. ¡Detrás de la línea, y con mascarilla! Narrativas- Covid. Coviviendo [web en Ciberindex], 30/05/2020. Disponible en: http://www.fundacionindex.com/fi/?p=1427

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